Para el mundo editorial la corrección de estilo de un texto es un cuello de botella enorme. En esta fase de la producción de un libro los editores chiquitos sufrimos, porque el costo es muy alto para que dé como resultado un texto exento de errores gramaticales, de ortografía o de simple escritura. Es anticomercial para nosotros que el costo de la corrección supere al de la impresión. Las grandes editoriales no tienen ese conflicto, ya que sus tirajes son muchísimo más altos, pudiendo absorber ese costo sin mayor problema.
Estuve la semana pasada con un experto en Inteligencia Artificial (IA) analizando la aplicación de esta herramienta a este intrincado caso con cierto éxito. El tema de la IA se coló de tal forma que como resto diurno pobló la pesadilla que sufrí esa noche. Recuerdo que todo sucedía en la entrada de proveedores de un supermercado, donde el administrador, un gordo con delantal sucio, de cara artificialmente inocente, se dedicaba a todo tipo de delitos, viviendo, sin freno, una pasión por aquellos actos que el código penal especifica de manera deficiente, o sea los daños morales.
El ambiente era sórdido y por supuesto me desperté sudoroso y apesadumbrado después de una vivencia tan intensa como el miedo. Yo no entendía por qué asimilaba al gordo con la IA, pero eso fue lo que arrojó mi inconsciente. Pienso que en nuestro mundo esa herramienta va a causar un impacto notorio; somos un pueblo trivial afanado por el éxito y muy creativo en lograr atajos.
Fuera de que nos cabalga un desprecio por el prójimo en el que el sicario se encomienda a la Virgen antes de cometer su crimen; el político habla de democracia y se dedica a desviar fondos públicos y el cura consume pornografía para no caer en pecado. Todo lo sabemos acomodar abusando de la incoherencia y viviendo técnicamente en un mundo de caos.
La creatividad, que es la redención humana y moral del artista, será manoseada, porque el mundo digital logra recrear una realidad alterna en menos tiempo, pero, sobre todo, a mucho menos precio.
Como borregos los activistas gritaran de forma estridente que eso es lo nuevo, bueno y sobre todo lo joven arrastrando a una opinión pública, que igual que yo, todavía sudorosa de sus pesadillas, no logra entender el cambio y nuestro mundo se parecerá cada vez más a esas películas taquilleras en las que el balance entre lo humano y la tecnología se ha roto. De poco servirá que miremos con desconfianza los libros modernos sospechando en cada uno la estafa, porque no atinaremos a definir cuánto es humano y cuánto es artificial.
Tampoco será de alivio definir a la inteligencia como condición humana, o por lo menos como atributo de seres de carne y hueso y por ende inexistente en otra presentación. Y apelar en Colombia a una ética es peor que ladrarle a la luna.