No me refiero al protagonista de los Guinness Récords tan consultado y seguido. Me refiero al señor inglés Alec Guinness, nacido el 2 de abril de 1914 cuya vida vale la pena conocerla.
Nació en pobreza, y abandonado por su padre aumentó el problema ya que su madre tomó con su hijo una existencia lejana al juicio y la responsabilidad entre bares, alcohol y aventuras amorosas.
Dio a su hijo tres apellidos diferentes hasta los 14 años, cuando Alec decide tomar el rumbo de la actuación.
De brillante carrera profesional, 40 películas y 70 producciones teatrales a su haber fue llamado el actor de los mil rostros.
Con cuatro nominaciones al Óscar del cine y sendas estatuillas premiando su altura actoral, se vió en su época cubierto de gloria y fama.
En la década entre 1950 y 1960 protagonizó con total precisión películas famosas como el Puente sobre el río Kwai, Lawrence de Arabia, la Caída del imperio romano y el Doctor Zhivago logrando igual éxito en La guerra de las galaxias que asombró al mundo.
Era un hombre recto, casado, padre de un hijo y defensor de la vida familiar y con la ética presente en todo proceder si bien en su vida religiosa no era tan definido; pero su andadura religiosa le tenía una sorpresa.
En 1954 estaba rodando la película El detective en escenarios rurales franceses y representaba al padre Brown, un sacerdote católico en la obra de Bernanos; para el caso estaba de sotana y estaba en descanso de filmación.
De repente se le acerca un chiquillo y la saluda: buenas tardes, padre. Besa su mano y sigue correteando entre árboles.
Alec quedó conmocionado, le habían tratado con singular cariño y pensó: una iglesia que es capaz de inspirar una confianza tal en un niño hacia uno de sus guías curas, no podía ser tan intrigante y tenebrosa como se suele pensar y empezó a desprenderse de sus prejuicios negativos.
Al terminar la filmación fue a su hogar y comentó a su esposa: mi alma, mi cuerpo, mi cerebro, languidecen necesitando religión.
El mundo es demasiado inhóspito e inexpresivo sin un sentido de adoración. Decidió irse por unos días a un monasterio Trapense al silencio y oración.
Regresó a su hogar y junto a su esposa e hijo sintieron que llegaron a su casa al comenzar a orar juntos, ir a la parroquia cercana, celebrar actos de fe y vivir en un sincero amor.
Un paso que en Cuaresma podemos dar.