Desde el siglo III antes de Cristo empezó a iluminar para el mundo de ayer el gran faro de Alejandría, una de las siete maravillas de la humanidad antigua. Tenía más de 100 metros de altura, construido en fina piedra y su luz era vista desde lejanías, diciendo aquí hay tierra firme y próspera, puerto seguro. Los terremotos lo fueron destruyendo hasta que en el año 1480 d.C desapareció al utilizar las últimas piedras que quedaban en pie para construir el fuerte de Qaitaz.
Me atrevo a asociar este hecho con otro sucedido en el año 33 d.C en la población de Jerusalén; allí en un alto (monte de la calavera o Calvario) brilló para siempre el esplendor de Jesús de Nazareth resucitado desde el caos de insultos, bofetones, desprecios, burlas, injustas acusaciones y condena de muerte en el humillante patíbulo de una cruz, hasta terremoto sacudió el misterioso momento de inmenso amor; todo se coronó y puso la firma del Padre eterno en la Resurrección de Jesús que brilló más que cualquier farol y luz.
En aquellos sucesos de Jerusalén la muerte fue luz, el amor se hizo cruz; desde este esplendor envió a sus discípulos a dar el fuego de su amor, con el poder de la palabra, la purificación del agua y la mesa compartida con el pan que da vida eterna, pasos vividos en la celebración de la hermosa ceremonia de la Vigilia Pascual, que muchos van entendiendo como la celebración cumbre de la vida cristiana. De este faro de eterna luz llegó al mundo la voz del Aleluya, que hace canción alegre de la vida en Jesucristo.
Es verdad lo que anota Luis Evely: "Es precisamente Dios el que nos trae ese imposible de ser felices. Hemos amado a Dios con un amor sin entusiasmo, sin decisión, sin manifestaciones de gozo. Habíamos creído que estábamos huérfanos, hasta que supimos que somos hijos amados".
Dios en Cristo resucitado nos ha revelado que inaugura una nueva humanidad, no atada ya a la muerte y el pecado. Esta es la gran apuesta que nos jugamos en esta fiesta de Pascua: Si resucitó, entonces ser hombre (humanidad) es la cosa más exultante que pueda existir.
Aquí se capta el por qué del optimismo cristiano, del por qué cantamos Aleluya, de captar que lo que pasó en Uno (Cristo) una vez puede hacerse para todos que podemos pasar a una vida nueva. Es Pascua, Aleluya.