Cada cierto tiempo la televisión recibe su acta de defunción. Ha ocurrido con la llegada del cable, con internet, con las redes sociales y, más recientemente, con las plataformas de streaming y la Inteligencia Artificial. Sin embargo, después de más de dos décadas trabajando en el sector audiovisual, hay algo que tengo claro: la televisión no morirá, estamos viendo hoy su gran transformación. Y el 2026 será una prueba contundente de ello.

No estamos ante el final de la televisión, sino ante el cierre definitivo de una forma antigua de entenderla. La televisión ya no es solo un canal ni un aparato en la sala. Hoy es un sistema vivo que convive con múltiples pantallas, plataformas y hábitos de consumo. El espectador dejó de ser fiel a un horario, pero no dejó de buscar historias que lo representen.

Los televidentes de hoy -y mucho más el del 2026- no distinguen entre televisión, streaming o redes sociales. Consumen contenidos de manera fragmentada, móvil, inmediata y emocional. Puede ver un noticiero en la mañana, una serie en la noche y comentar todo en tiempo real desde su celular. En este nuevo escenario, la televisión que insiste en competir contra las plataformas digitales está condenada a perder. En cambio la que entiende que debe integrarse, dialogar y expandirse a otros formatos tiene una oportunidad enorme. La pregunta ya no es si el contenido es lineal o digital, sino si es relevante; este es realmente el rey a la hora de la elección, un buen contenido.

La Inteligencia Artificial ha llegado al centro del debate audiovisual con fuerza. Se habla de automatización, reducción de equipos y cambios profundos en la producción. Y aunque esos cambios son reales el verdadero impacto de la IA no estará en reemplazar la creatividad humana, sino en potenciarla.

En la televisión que veremos en el 2026, la IA ayudará a optimizar procesos, analizar audiencias, reducir costos y personalizar contenidos. Será una herramienta estratégica, no un enemigo. Lo que no podrá hacer -al menos no todavía- es interpretar el contexto social, leer la emoción colectiva o contar historias con sentido cultural profundo, y eso ya lo hemos visto con contenidos producidos con IA que no tienen alma. Ahí sigue estando el valor del criterio humano.

En medio de un mercado global saturado de contenidos, lo local vuelve a cobrar valor. Los canales nacionales y regionales tienen una ventaja competitiva que muchas veces no dimensionan: conocen su territorio, su cultura y a su gente. En el 2026, los canales que logren fortalecer su identidad, contar historias cercanas con calidad y pensar sus contenidos de forma multiplataforma tendrán un rol protagónico.

No se trata de imitar a las grandes plataformas, sino de hacer bien lo que ellas no pueden hacer: conectar desde lo propio, llegando donde los grandes no llegan, ahí recuerdo mucho una frase que escuché de una gran experta en TV infantil Diana Jaramillo y es “La televisión regional no es pequeña por naturaleza; se vuelve pequeña cuando pierde visión”.

Las grandes plataformas ya no viven su etapa romántica. Hoy enfrentan el reto de la rentabilidad, la fatiga de las audiencias y la sobreoferta de contenidos. Esto está abriendo la puerta a nuevos modelos: alianzas con canales tradicionales, coproducciones, más contenido local y esquemas híbridos con publicidad. Paradójicamente, mientras más tecnología entra en juego, más valor adquiere lo humano. La televisión sigue siendo uno de los pocos espacios capaces de generar conversación colectiva, emoción compartida y sentido de comunidad.

Y dando mi revisión hacia el 2026 debo decir que la televisión que viene será más flexible, más tecnológica y más distribuida; pero también necesitará ser más consciente de su impacto cultural y social. El reto no está en resistirse al cambio, sino en liderarlo con criterio y experiencia.

El futuro de la televisión no se debe adivinar desde el miedo ni desde la nostalgia. Se hace entendiendo el presente. Sin duda alguna vienen grandes cambios cargado de grandes oportunidades.