Todos, en algún momento de la vida, nos hemos preguntado por qué suceden ciertos acontecimientos que no entendemos. Escuchamos frases que nos dan esperanza y nos ayudan a darle propósito a lo que duele, a lo que no toleramos o a lo que nos parece injusto. Leemos libros que nos hablan de positivismo, estoicismo y espiritualidad. Y todo eso está bien.
Está bien buscar el para qué de los hechos y no quedarnos anclados en el por qué. Está bien buscar aprendizajes que alivianen el peso de lo que incomoda o de lo que nos roba la paz. Cada persona encuentra su propia manera de acercarse a la paz interior.
La paz interior se pierde cuando lo que sucede en nuestra vida no coincide con lo que habíamos planeado o soñado. Se pierde cuando pedimos algo a Dios y no es concedido como lo imaginábamos. Perdemos la paz cuando queremos que el otro sea y actúe como nosotros consideramos correcto. Las malas noticias, las injusticias del mundo y la muerte también son, entre muchas otras cosas, fuentes profundas de pérdida de paz.
Pero ¿cómo encontrar esa paz en medio de tantas teorías, consejos, exceso de información mediática, gurús de garaje y maestros espirituales que aparecen todos los días? Yo diría, sin temor a equivocarme, que las distintas religiones coinciden en algo esencial: aceptar lo que nos pasa, desde el amor, es la respuesta.
El cristianismo nos recuerda que “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”.
El judaísmo nos dice: “No vemos el cuadro completo, pero confiamos en el tejedor”.
El taoísmo enseña: “La vida es una serie de cambios naturales. No te resistas a ellos; eso solo crea tristeza”.
Y así podría seguir citando frases que nos invitan a soltar, a dejarnos caer y a confiar: en Dios, en el universo, en la energía o en aquello en lo que cada uno decida creer.
Aceptar no es fácil. El gran monstruo llamado ego aparece queriendo controlar el orden de las cosas. El Grinch interno está siempre listo para mostrarnos lo oscuro de las situaciones. Pero la buena noticia es que esta es la época perfecta para recordarnos que la vida no espera condiciones ideales para manifestarse.
Ya celebramos un nacimiento que ocurre en medio del desorden: un viaje forzado, un lugar prestado, una familia cansada, un establo, animales, improvisación, frío. Allí no hubo tiempo de hacer reclamos a Dios, allí no hubo negación de la realidad. Allí hubo aceptación y esperanza. Porque la vida no nace en lo perfecto, nace en lo posible.
Tal vez en el año que pasó no todos los planes se cumplieron. Tal vez algunos sueños se vieron frustrados. Tal vez hay personas que ya no están o están próximas a trascender -como mi madre-. La Navidad pudo llegar con risas o con silencios, con felices encuentros o con una profunda soledad. Y entonces la pregunta no es qué faltó, sino ¿qué expectativas necesitas soltar para poder sentarte a la mesa en paz?, ¿A quién quieres abrazar sin juzgar?
Porque el regalo más difícil -y más necesario- no se envuelve: Ese regalo es “Aceptar”.
Aceptar no es rendirse: es soltar el peso de la expectativa, del juicio y del ego… y regalarse, por fin, la paz del alma.