Bien lo sabemos: el mundo está ante el espectáculo del negociador narcisista, que es también apostador y jugador, y que dispone del mayor poder del mundo.
Donald Trump escribió en su libro “El arte de la negociación”, publicado por ediciones Grijalbo, ya desde 1988, lo siguiente: “Apunto muy alto, y a partir de ahí todo es tirar y tirar hasta que consigo lo que quiero. A veces me conformo con menos, pero… al final… logro lo que me había propuesto”. También -¡qué peligro!-, “la verdad es que creo en el pensamiento negativo”.
Sean cuales fueren las reacciones de los países afectados por los aranceles, el atentado contra la economía mundial es grave.
Los efectos de elevarlos serán globales: menos comercio, menos producción, menos empleo, aumento de precios en todo el mundo, incluidos los Estados Unidos.
Lo único que lograría sería subir, allí, los recaudos arancelarios, eso a cargo de los consumidores en ese país. Y mandarnos a una recesión económica mundial.
El nuevo mercantilismo de Trump -balanza comercial siempre favorable- no funcionará.
Los Estados Unidos no la tendrán muy clara.
La Universidad de Yale calculó que tales medidas le costarán a cada familia norteamericana 4.000 dólares anuales.
La sustitución de importaciones que alega Trump, no es tan fácil, porque el criterio que usó fue el monto del arancel que el otro país le cobra a EE. UU., para la tarifa-Trump, que puede alcanzar o no para hacer competitiva la nueva respectiva industria doméstica.
Y si llegare a protegerla, será con unos costos de producción más altos que los artículos importados. Paga el consumidor EE. UU.
Si todos los humanos odiamos la incertidumbre, el capital es aun más cobarde. Las bolsas bajan, los inversionistas posponen, la confianza de los consumidores disminuye.
Rápidas encuestas allá este viernes: 57% lo consideran “demasiado errático” y 70% teme alzas en los precios.
Y el desasosiego aumenta al considerar la personalidad de Trump. Si la negociación exige una técnica, Trump ni oye consejos ni le interesa, porque él considera que la negociación “es una facultad innata” (en él, especialmente); y “no me fío mucho de los estudios”.
Está sobrado: “Yo hago mis propios estudios y extraigo mis propias conclusiones”. Y se siente invencible en su retaguardia: “el dólar siempre tiene la última palabra”. Desdeña las críticas, pero en cambio es aquí ingenuo y sincero: “me gusta recibir críticas favorables”.
Lo evidente es que ha sido muy exitoso con la estrategia del caos controlado, la que se visualiza mejor en una frase de Steve Bannon, fundamental anterior asesor de Trump, caído en desgracia desde hace varios años: “el objetivo es inundar la zona de mierda”. Y luego, desde arriba se manipula mejor a quienes -pobrecitos- bracean con impotencia en un océano así.
De eso parece haber inundado Trump la economía mundial.
No estoy seguro si ese tan poderoso personaje podrá controlar el caos que está generando. Sin tener en cuenta los costos internacionales políticos, le ha disparado a todos sus aliados.
¿Qué se puede esperar de un amigo así? ¿Mejor vámonos con la China? Tal vez no. Hay que confiar en que desde EE. UU. los factores de poder controlen a Trump. Y así desaparezca este caos, caos que él no lograra controlar.