¿Cuánto nos tutela e impone el destino? ¿Cuánto decidimos con nuestra libre voluntad? Imposible determinarlo.
A un niño, sin que él intervenga, bautizado “Orninful”, crecerá como un espécimen raro; sus compañeros se burlarán de él, lo acomplejarán, baja autoestima; los profesores lo discriminarán, le dará trabajo conseguir trabajo. Difícil que con ese nombre llegue a presidente o a importante. Validación negativa en la que nada tuvo que ver.
Además, nuestra vida, inclusive antes de comenzar, se condiciona por aleatorias circunstancias físicas. Cuando el primer espermatozoide, que mide 50 micras (una micra 1 x 10-6 metros), que compite con otros 200 millones de colegas en el semen, se cansa, y entonces el que coronará el óvulo, por una micra, será el segundo. Diminutas mediciones para ese futuro humano que será engendrado con una biología y cerebro diferentes. Y esto distinto significará una diversa fortuna para toda la vida.
Parecerá exagerado, pero un cáncer definió el destino total del fatal siglo XX. Por esa enfermedad muy previa se dio la Primera Guerra Mundial de 1914. Esta facilitó la revolución rusa, que le dio el acceso al poder comunismo bolchevique; luego el desquite alemán de Hitler con la Segunda Guerra Mundial; la bomba atómica, la guerra fría, Mao con el apoyo comunista ruso, las guerrillas aquí propiciadas por Rusia; y un largo etcétera. Siglo XX, tal por un cáncer.
Veámoslo. Alemania, sus gobernantes, desde antes le venían abriendo el camino a esa Primera Guerra Mundial. Se suceden ellos en su papel como en un teatro escrito por el destino. Primero Guillermo I, militarista “rey sargento” (1797- 1888), unificó Alemania, la preparó como potencia guerrera. Lo sucedió Federico III, con criterios muy diferentes. Liberal, quiso implantar una monarquía constitucional, con restricciones parlamentarias, parecida a la de Inglaterra, pero a los 99 días de ejercicio murió de cáncer en la garganta.
Si vive algo más, Alemania hubiera aprobado restricciones y contrapesos constitucionales que le hubieran impedido a su hijo -el tercero en el tablado-, el joven e imprudente Kaiser Guillermo II, desencadenar la primera guerra mundial. “Soberano este incapaz de gobernarse a sí mismo, general que se asustaba de la guerra, autócrata vacilante, soñador agresivo, actor mediocre como emperador y difícil de clasificar como hombre”.
Reales campos de la Primera Guerra, dos jóvenes promesas, obligados combatientes. Alain Fournier, francés, muerto a los 27, autor de una bellísima novela, “El gran Meaulnes”, se sacrificó a quien hubiera sido una cumbre de la literatura francesa. Augusto Stramm, alemán, poeta, 39 años, muerto en el frente, su obra “Gotas de sangre” lo consagró como posible renovador, frustrado y fundamental, de las letras germanas.
Según Zuhayr, poeta árabe, las flechas del destino, unas dan rápido en el blanco y se muere joven. Un injusto cadáver frustra un buen camino: Federico III. Otras se demoran, no aciertan la muerte a tiempo y permiten unos estropicios: Guillermo II.
Aquel poeta comparó el azar con un camello desbocado en un mercado, que atropella y destruye sin dirección ni escogencia. En los casos de estos jóvenes, promesas literarias; igual en los muertos en las dos guerras y en los crímenes de las guerrillas, el camello fue ese poderoso, azaroso, inconveniente personaje llamado Guillermo II.
Un segundo esforzado espermatozoide, durante la fecundación ovular de este antipersonaje, ¿hubiera salvado este fatídico siglo XX?