Maravillados, algunos perceptivos observadores de la Edad Media advirtieron que el arte -la belleza- le otorga espiritualidad a la materia. Esta última, imprescindible sustento de esa elevada creación -humana o de la naturaleza- , porque en lo físico lo bello se realiza y permanece.
Lo anterior es valedero tratándose del libro.
¿Qué es un libro? Papel y tinta. Cerrado es solo materia. Pero si el lector lo abre y comienza a descifrarlo, esas palabras, esas líneas, esos párrafos, se convertirán en elixir para el espíritu. Luego lo cierra y el volumen volverá a ser materia dormida. Si torna a abrirlo, de nuevo se transformará en espíritu. Entre este y aquella, ¡qué de bellos juegos de cofres a inteligencias!; ¡qué de sutiles intercambios de esencias a moradas!
Además, en esto de leer puede encontrarse un sentido de la felicidad.
Antes debo aclarar que la felicidad, como hoy la entendemos, como un sustantivo -inmutable, como ser alto o bajito-, ser feliz, como algo permanente, es imposible. Oscilamos entre periodos de dicha y otros de pena; navegamos entre logros y frustraciones, ora ya alborozados, ora ya cuitados. Mejor entenderla como un verbo: “felicidar”. Según los cánones, sería un verbo atélico, como algo que se puede empezar, suspender, reanudar, y así sucesivamente. Si Heródoto declaró que el ser humano es azar, no obstante podemos acudir a ciertas acciones que nos permitan experimentar, conjugar, por tiempos escogidos, el verbo “felicidad”. Leer una de ellas.
El famoso doctor Samuel Johnson, inglés del sigo XVIII, apostrofó: “El hombre no es feliz en su presente, excepto cuando está borracho”. Sin embargo, ocurre que tanto la música como la lectura suprimen el presente sin necesidad del alcohol. Nos sumergimos en cualquiera de ellas y nos aislamos del tiempo y del espacio. Nada más existirá. Menos aún las ambiciones, esas que el ego nos susurra para colocarnos en plan de combate contra el mundo y contra nosotros mismos. Leyendo nos convertimos en evanescentes seres ajenos a lo material.
Si el goce físico es efímero, cuesta y puede dejar vacíos, la lectura es un placer que enriquece: mientras más se ejercita más inteligentes y humanos nos hace. Y solo exige atención. Es económica y asequible, está siempre allí, en el libro, disponible al diálogo. Y se puede ejercer en soledad, en la única compañía del texto. Y es un deleite sin mancha, porque se dirige, certera, hacia el espíritu; y en él se anida y en él a él lo eleva.
La lectura proporciona la alegría del peregrino. Refiere José Antonio Marina una tribu guaraní, en Brasil, que lleva cuatrocientos años como viajera, caminantes impenitentes en la búsqueda de la Tierra sin Mal, el vergel donde no se muere, errantes cantando la canción de la fe hacia La Casa de los Abuelos. Ellos siempre felices en su inquebrantable esperanza de encontrar esos espléndidos lugares.
Igual el lector verdadero, el vocacional, el que peregrina sobre las palabras buscando -tranquilo, gozoso, esperanzado- esos parajes de la melodía escrita en donde reclinar su alma. Y los encontrará, pero continuará sus peregrinajes y búsquedas, interminables, con los textos siempre allí. Bella paradoja esta, la del dichoso y eterno trotamundos de los libros, que nunca descansará en su eterna y feliz lectura.