Referido el año 1548 en el sur de Francia, allá no todos los campesinos cónyuges fueron tan primarios en materia de infidelidades. Una historia de la época narra como este marido encontró a su esposa con otro en el lecho. Después de la disputa verbal, aceptó unas medidas de trigo como resarcimiento. Eso sí, el pagador “interrumpido” le exigió al consorte cobrador que le permitiera a la pareja concluir la respectiva faena. Así sea.
Resumo el estado de la cuestión. Por esas calendas y en ese lugar, matrimoniaron Martín Guerre y Bertrande Rils. Después de doce años Guerre desapareció, se desvaneció, sin razón ni despedida. Nadie volvió a saber de él.
Hasta que un día, ocho años pasados, un mozo enjundioso de una aldea no muy lejana, que algo conocía de esa historia, llamado Arnaud du Tilh, apodado Pansette, fue saludado por dos caminantes como si fuera el mismo Martín. Entonces se le encendió una idea. Y como era gallardo de imaginación, apostador y rimador, así de timador, buen memorioso y buen hablador (fablistante, diría un clásico), averiguó la biografía del prófugo marital y se presentó ante la esposa como Martín Guerre, y fue aceptado por ella y por todos. Convivieron durante ocho años y tuvieron hijos. Hasta que decidió pleitear, por unos dineros, con un tío de Bertrande, el que lo acusó de suplantador.
El juicio hizo época. El zapatero de la aldea aseguró que era un farsante, pues el verdadero calzaba 12 y el impostor 9. Imposible que los pies se achiquen. Otros, que el auténtico tenía una cicatriz en el labio superior y Pansette no.
El hecho y el juicio, detallados, originaron inmediatos libros y debates. Después películas, libros, musicales, obras teatrales, tiras cómicas. Y opiniones divididas sobre la conducta de ella, pues mientras lo gozaba tan “íntimamente”, imposible no distinguiera esa tan profunda, reiterada y nocturna suplantación. ¿Adultera? Dos autoras la defienden.
Natalie Zeman Davis (“El retorno de Martín Guerre”, 1983), aduce: víctima, aunque activa; su proceder fue natural, porque el impostor cumplió mejor que el marido (Guerre fue impotente durante los primeros ocho años de matrimonio). Janet Lewis (“La “Esposa de Martín Guerre”, 1941), opina: entre la fe y la sospecha, en esas circunstancias cualquiera hubiera optado por la fe; y, por lo abandonada ocho años, ella tenía derecho a creer.
Aunque Pansette fue un cuasi genio del teatro, ella fue superior. Manejó el asunto con suma inteligencia. Apoyó la denuncia, pues de resultar él culpable, quedaría eximida de la responsabilidad por posible cohabitación consentida. Pero trató de ayudarle: juntos memorizaron los hechos y las anécdotas y así coincidieron en el juicio. Como se negó a jurar que lo consideraba un usurpador, de resultar inocente y su judicial marido, sin reatos podría continuar conviviendo con él.
Cuando la última audiencia estudiaba ponencia absolutoria, se presentó ante el tribunal el verdadero Martín Guerre. Reconocido por todos como tal, Pansette confesó y fue ahorcado.
Pero ella triunfante: resultó sin tacha y con dos maridos. Perdonada por Martín,(aunque la creo inocente, no como Helena de Troya), desaparecen estos cónyuges -reinstalados- de la mira de los curiosos historiadores. O sea que convivieron tranquilos, no obstante tan singular historia, tan real pero tan novelada y vivida.