Kigali, capital de Ruanda, pequeño país africano. Es julio de 1995 y el estadio de fútbol ofrece una ocupación total. Antes de que el orador intervenga, esperan los asistentes en silencio. Sin señal, al unísono mujeres, hombres, niños, comienzan a llorar. Todos. A llorar con un llanto de auténtico dolor.
Se entiende. Algo más de un año antes, un 7 de abril de 1994, había amanecido una aurora negra en ese país. De pronto, vecinos, machete en mano, comenzaron a matar a los de al lado, con quienes hasta esa mañana habían convivido en edificios y paredes medianeras; médicos, igual procedían contra algunos de sus pacientes; amigos, eliminando sus hasta ayer amigos; profesores a sus alumnos.
Un nuevo gobierno, como dirigido por demonios, había dado la orden de que los hutus, la raza mayoritaria, procedieran a matar a los tutsis. Cerca de un millón de estos fueron muertos. En materia de genocidios, un récord de promedio mundial: en 100 días unos 10.000 homicidios diarios. Y eso que el siglo XX fue pródigo en genocidios.
Tiempos esos en que la muerte allá reptaba, día a día, noche a noche, laborando veloz en el aire de los machetes asesinos. Las víctimas se resignaban. “Déjenos rezar, por favor, y después nos matan”. Hay un libro, de Paul Gourevitch, que tiene por título un mensaje que siete pastores tutsis le dirigieron a su obispo solicitándole su intervención: “Queremos informarle que nos han dicho que mañana seremos asesinados con nuestras familias”. Efectivamente lo fueron.
En aquel estadio, el de las lágrimas, intervenía Desmond Tutu, obispo anglicano, presidente de la Comisión de Paz de Sudáfrica. “¡Por favor, por favor, hermanos míos, hermanas mías, por favor no lloren más, no lloren más!”, suplicaba. Sus consiguientes palabras, allí, me elevaron reminiscencias de Gandhi y de Luther King, otros humanos que fueron como mensajeros de instancias angelicales.
En ese afligente y pesaroso escenario, lo que expresó el obispo estuvo pleno de humanidad y sabiduría. Sus contradictorias expresiones, pero al mismo tiempo valederas, como acontece cuando se busca derramar bálsamo por sobre cualquier tragedia humana. Cito muy poco, no literal: la memoria se necesita para la sanación, pero recordar sin perdón niega la convivencia y sus frutos, y ello para todos; sin justicia no habrá paz verdadera, aunque debe acompañarse con misericordia.
Con sensibilidad muy humana, les hizo un especial llamado de atención a las víctimas. No buscó consolar, sino que les pidió que se olvidaran del llanto, que si es permanente atrapa en el sufrimiento; si fuere así, el genocidio habrá ganado nuevamente. Y si “Dios lloró aquí, Dios no quiere que Ruanda muera llorando: quiere que viva”.
Hoy, frágil Ruanda es una lección. Ahora conviven. Hay serenidad. A diferencia del proceso de paz aquí, con impunidad, allá no la permitieron. Emitieron 840.000 condenas -cifra ejemplar-, contra autores, cómplices, auxiliadores y propiciadores. Obvio que no todo fue cárcel. Decisiones que sirvieron para que los homicidas llevaran, decretada y pública, su culpa con su condigna expiación. Y para que tantas víctimas, al menos, matizaran su dolor con el bálsamo de la justicia.