Escribo esto horas antes de entrar, por primera vez en mi vida, a la sala de espera de Medicina Interna. A mis casi 33 años llevaba meses bromeando con la idea de “ya estoy viejo”, “es la edad”. La verdad es menos divertida: me descuidé mientras atendía todo lo demás. Prioricé lo visible -el trabajo, las entregas, las expectativas ajenas- y fui cediendo límites donde debí plantarme firme. Le dije que sí a varios encargos cuando debí decirme que sí a mí mismo.
Ahora pago: una factura en cuotas incómodas, con intereses diarios que se cobran en fatiga, en síntomas nuevos, en señales que tal vez estuvieron ahí desde antes, pero que yo decidí no escuchar.
Cuidar parece un verbo menor hasta que el cuerpo te recuerda que no lo es. Lo reducimos a prevención, o lo tratamos como hipocondría, cuando en realidad es amor en su forma más básica: atención.
Por eso, reconforta encontrar a quienes cuidan de verdad, y por eso duele la suspicacia con la que a veces se mira esa preocupación, como si preguntar “¿cómo estás?” escondiera una agenda. En ese cinismo hay una tragedia: rechazamos manos que sostienen y nos dejamos caer a solas.
También caemos en otra trampa: creemos que cuidar a los demás es noble y que cuidarnos a nosotros mismos es egoísta. Nos vaciamos por otros y lo llamamos generosidad, cuando a veces es autoabandono.
Esto no es nuevo. Aristóteles hablaba de la phronesis, esa sabiduría práctica de saber qué hacer, cuándo hacerlo y hasta dónde llegar: cuidar es discernir, frenar antes del quiebre. Epicuro -tan malentendido- defendía una vida en la que el placer no se persigue hasta romperse y el dolor no se acumula por descuido: moderación lúcida. Por su parte, Donald Winnicott, desde la psicología, habló del “ambiente suficientemente bueno”: no perfección, sino sostén; presencia sin invasión.
El problema es que hoy vivimos en sistemas que premian no cuidarse. Se aplaude la “milla extra”, se normaliza estar siempre disponible, y luego se maquilla todo con discursos de bienestar. La OMS, en su clasificación ICD-11, describe el burnout como un “fenómeno ocupacional” derivado del estrés crónico no gestionado.
A los hombres, además, nos entrenaron para confundir cuidado con debilidad: ir al médico “es exagerar”, hablar de salud mental “es victimizarse”. Ese mandato cultural no nos vuelve fuertes: nos vuelve tardíos para pedir ayuda. Antes de entrar donde el internista aprendí un término que suena a recibo de la energía: “carga alostática”, el desgaste acumulado que el estrés crónico deja en el cuerpo. El cuerpo avisa antes de cobrar: insomnio, contracturas, cansancio que ya no se arregla durmiendo. Aun así, seguimos devaluando el cuidado como si fuera secundario. Así que aquí estoy, esperando que me llamen por mi nombre, entendiendo algo simple y tardío: no vine solo a que me revisen el cuerpo; vine a empezar a escucharlo.
Ojalá no hubiera tenido que doler o molestar para aprender a cuidarme, pero al menos llegué antes de que el silencio fuera definitivo.
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Esta columna también puede escucharse en formato podcast e incluye una entrevista con la psicoterapeuta y consultora en transformación personal María Leonor Velásquez. Disponible en podcast.luisfmolina.com