Estábamos sentados en la misma mesa. Tres personas. Tres mundos distintos. Yo leía El valor de la atención, de Johann Hari. Frente a mí, las otras dos trabajaban en sus computadores: tecleaban, respondían correos, editaban videos. De vez en cuando alguien decía algo, una frase suelta, un comentario sin aterrizaje. Intentábamos sostener una conversación. No pasaba nada.
Nadie estaba del todo ahí. Tampoco del todo en otro lugar. Era una escena extraña, muy de estos tiempos: presencia física sin encuentro real. Compartíamos el espacio, el café, la mesa, pero no la atención. Todo estaba fragmentado. La conversación nacía débil y moría rápido, como una chispa sin oxígeno. No había mala intención. Había dispersión. Había hiperestimulación. Había cansancio mental.
Con el tiempo, esas dos personas ya no siguieron en mi vida. El libro sí. La imagen se quedó conmigo como una postal incómoda: lo que no recibe atención sostenida, se diluye. Las conversaciones, los vínculos, incluso la posibilidad de estar realmente con otros. La atención no es solo un recurso cognitivo; es una forma de cuidado.
William James decía que la experiencia humana es, en buena medida, aquello a lo que decidimos prestar atención. Somos lo que atendemos. Décadas después, Herbert Simon lo formuló con lucidez profética: en un mundo lleno de información, lo verdaderamente escaso es la atención. Lo nuevo no es la competencia, es la intensidad. Hoy no solo competimos con ideas mejores, sino con ideas más ruidosas, más ingeniosas, más gritadas.
Recordemos que Blaise Pascal advertía que gran parte de la infelicidad humana nace de no saber permanecer en silencio en una habitación. Hoy ese silencio nos resulta casi insoportable. Lo llenamos con scroll, con ruido, con estímulos y luego nos preguntamos por qué nada nos sacia del todo.
Prestar atención hoy es difícil no porque sea antinatural, sino porque se volvió contracultural. Exige elegir. Exige renunciar. Exige aceptar el silencio, la lentitud, la incomodidad de no estar constantemente estimulados. Nos entrenaron para lo contrario: para responder rápido, para estar disponibles, para estar en todo, aunque no estemos realmente en nada.
Simone Weil decía algo potente: la atención pura es una forma de oración. No repetir palabras, no pedir cosas, sino estar plenamente presente. Si eso es así, entonces lo que estamos perdiendo no es solo concentración: estamos perdiendo una vía de conexión profunda.
En Navidad esto se vuelve dolorosamente evidente. El nacimiento de Cristo, el ritual, la espera, quedan rápidamente atrás. La atención se la roban los regalos, el gasto, la logística, la foto. El foco se nos va y sin foco, incluso lo sagrado se vuelve decorativo.
Volver a nosotros no es desaparecer del mundo. Es algo mucho más humilde y más difícil: aprender a permanecer. Permanecer en una conversación sin mirar el teléfono. Permanecer en una lectura, aunque cueste. Permanecer en una oración, aunque la mente se disperse.
Establecer límites no es rechazo, es cuidado. Tal vez volver a nosotros empieza por gestos mínimos: dejar el celular fuera de la mesa, leer sin otear la pantalla, escuchar sin preparar la respuesta. En un mundo que nos quiere siempre distraídos, prestar atención es un acto de resistencia tranquila. Una forma de decir “aquí estoy” sin gritarlo.
***
Columna disponible en formato podcast y entrevista en podcast.luisfmolina.com