La política exterior es hija de la política doméstica. La comprensión del parentesco es clave para que, sincronizadas, logren el avance de las sociedades. No se puede hacer política doméstica sin tener en cuenta el mundo interconectado; lleva al atraso, al aislamiento, y generalmente a la pérdida de libertades por militarismo.
Concentrarse en la política exterior confiando que librará a los líderes de sus afugias domésticas es un errado camino que termina en intervenciones, guerras vecinales, aventuras lejanas, en detrimento de los intereses nacionales. Combinar bien lo externo y lo doméstico es la manera de promoverlos y defenderlos. Lo que hace un estadista.
Venezuela es para Colombia la más importante oportunidad para hacer política interna y externa de manera aseada, constructiva, liderando, aprovechando oportunidades y reconstruyendo relaciones que hemos tirado a la basura en años recientes.
La perspectiva del vecino oriental podría convertirnos en un jugador importante para las tres fases planeadas por EE. UU., ayudándoles a ellos, al chavismo y a la oposición a sacar las castañas del fuego y contribuyendo a la estabilidad, meta hoy más importante que la democracia. La comunidad internacional ayudaría si hay quién lidere sin ánimo pendenciero, proponiendo nuevas ideas, estilo la del Grupo de Contadora que evitó la conflagración continental. ¡Contadora 2 recargado!
Enfrentaríamos juntos problemas comunes: enforzar una política antidrogas que diezme la oferta y el flujo de dinero a través de microcarteles del crimen organizado rural y urbano, para grupos armados fortalecidos en vastos territorios. Podríamos trabajar juntos saneando instituciones afectadas por la corrupción del narco común. Podríamos trabajar de la mano en la recuperación de la seguridad en la frontera, convertida en tierra de nadie. Podríamos ayudar en la recuperación de la industria petrolera.
Los estudios hechos post-Maduro, señalan que hasta el 2040 se necesitarían CIENTO OCHENTA MIL MILLONES DE DÓLARES en el sector para aumentar la producción por encima de tres millones de barriles de crudo al día. Nos convertiríamos en un buen proveedor de la etapa de estabilización y luego de la reconstrucción, con mejores precios y cercanía logística. Juntos pudiéramos explorar soluciones para los 5 millones de migrantes venezolanos en Colombia, la mitad de la diáspora.
Planear entre los dos la infraestructura vial, férrea, fluvial, cibernética y eléctrica, ahorraría tiempo y costos mejorando para ambos la competitividad. Caería bien aprovechar y resucitar la CAN, invitando a Panamá y Chile, contando con Perú, Ecuador y Bolivia. Venezuela y los demás reanimaríamos la producción.
Después del inédito asalto y aprehensión de Maduro, debemos con urgencia salir de la lista de EE. UU. de objetivos militares. Nos acompañan Irán, México, Dinamarca-Groenlandia y Cuba. Es la más peligrosa en la que hemos estado desde la de OIT.
No saldremos mientras no tengamos al frente del gobierno a un estadista pragmático que piense en los intereses nacionales, y no en sus demonios personales reflejados en una foto de mártir esposado, estilo Ché y Allende, impresa en camisetas de jóvenes chinos, árabes y rusos.