El último bastión tecnocrático es el banco central. Con más o menos presencia de los gobiernos asume debates monetarios y decisiones macroeconómicas con mirada fría, informada y casi siempre acertada. Su severa y silenciosa relación con la banca comercial, y la supervisión profesional que se ejercía desde el ejecutivo, garantizaron estabilidad y confianza del público en el sistema. Después de que el pánico pandémico se apoderó de FMI y bancos centrales independientes, produciendo una inusitada presión para que los gobiernos gastaran y se endeudaran sin medida, la autoridad monetaria mantuvo credibilidad e hizo regresar la economía a cierta normalidad.
Con el auge autoritario y su derivado, el populismo, las bancas centrales se han debilitado. Padecen los embates de líderes de derecha e izquierda, que no aceptan que las decisiones sobre tasas de interés, expansión o restricción monetaria, crédito y tasa de cambio vayan en contra de sus deseos generalmente autocráticos, más orientados a generar efectos electorales o de opinión que de estabilidad económica.
Los banqueros centrales son la excusa manida de esos líderes para achacar responsabilidades si el crecimiento es inexistente o débil, si la inflación no baja o el gasto público no se alimenta de emisiones de dinero sin respaldo.
Los ciudadanos no tienen por qué ser expertos en macroeconomía. Con frecuencia se corre el riesgo de que le crean a ese liderazgo autoritario. Las encuestas, sin embargo, siguen otorgando a los bancos centrales alta favorabilidad.
Trump, Petro, AMLO, Chávez, Milei, Noboa, desde todas las esquinas populistas, son apenas algunos de los que han pretendido acabar con los bancos centrales o con su autonomía. Llaman a cerrarlos porque hay países que no tienen: Liechtenstein, Andorra, Mónaco, Man y Panamá son indicativos de la categoría de estados que los han abolido. El Salvador y Ecuador, dolarizados, no han desmontado su emisor.
El caso de EE. UU., de interés global, es especial. Trump ha atacado a la Reserva Federal y a su director, Jerome Powell, desde el primer mandato. En este, aún antes de posesionarse, amenazó con destituirlo y así hizo con Liza Cook, una de las gobernadoras de la Junta, mujer y negra, que no renunció y le ganó el pulso en los juzgados. Powell se irá en mayo próximo y con él la política monetaria de consenso que acompañó a los norteamericanos por décadas. El nuevo jefe de la FED será militante: dicen que Hassett, el de los aranceles. Poco importará si los gobernadores saben de economía, siempre que acaten los caprichos del ejecutivo. Tasas bajas, inflación más alta, son previsibles.
En Colombia el Banco de la República ha obrado bien. La inflación no es por cuenta suya, sino del Gobierno: políticas salarial, de gasto y de endeudamiento, desbocadas; altos precios de servicios y gas; tolerancia con las mafias.
¡Cuánto han querido sacar al gerente y a los miembros de Junta sensatos! Aguanten y comuniquen más, a ver si esa sensatez contagia y aparece en las elecciones.