Soy de los que creen que el pasado no se va del todo, y que el futuro arrastra mucho de lo que hemos hecho; por eso creo que los cambios de año no transforman la vida por sí solos: esta sigue su rumbo, salvo que decidamos hacer giros, de esos que no necesitan permiso del calendario. Sin embargo, pasadas las festividades de fin de año es bueno hacernos preguntas importantes: ¿somos felices?, ¿progresamos?, ¿quién sigue?

La época también invita a recordar que la realidad supera la simplificación de las consignas publicitarias, las "verdades" mediáticas y los relatos del poder hegemónico. Esas consignas, esas verdades y esos relatos nos han eximido de pensar por cuenta propia, una tarea incómoda, exigente y, precisamente por eso, necesaria.

Las épocas de renovación -materiales o simbólicas- nos enfrentan a una realidad cambiante, que intentamos leer desde nuestras trincheras seguras. El mundo se mueve rápido y nosotros, más conservadores de lo que admitimos, tratamos de conservar lo que nos da placer, control o comodidad; de ahí nace la brecha entre la realidad y lo que percibimos de ella. Esa distancia siempre ha existido, la diferencia está en si aceptamos lo que nos imponen o si asumimos la realidad de manera crítica, consciente y autónoma, decidiendo qué parte de ella tomamos y para qué la usaremos.

Por ejemplo hoy, en las campañas electorales tradicionales, y en los relatos del poder fáctico, se apela al miedo y a la distorsión de la verdad para fabricar desesperanza y dependencia. La promesa es conocida: protección y orden a cambio de obediencia. Es la lógica del matón del barrio que se cree dueño del espacio común y decide cómo deben comportarse “los suyos”. Es una estrategia burda, sí, pero muy efectiva.

Para muchos el matón siempre gana, pero es decisión personal si confrontamos, resistimos o ignoramos, o si podemos hacer algo diferente. Por ejemplo: cuando el matón hablaba, Colombia obedecía; ahora Colombia ha propuesto conversar con respeto; esta es una respuesta más exigente, atrevida y arriesgada, y es la postura de autonomía que se requiere hoy, frente al retorno de figuras como Donald Trump. En ese sentido, el de las opciones frente a la realidad, el progresismo no promete soluciones mágicas, propone algo más incómodo: que nos hagamos cargo de la realidad que compartimos como sociedad.

Implica reconocer desigualdades, discutirlas sin miedo y cuidar lo común. No se trata de una ruptura ciega, sino de una evolución responsable: mejorar lo mejorable, corregir injusticias normalizadas y recuperar las posibilidades que el miedo cerró. Esa transformación -lenta, imperfecta y colectiva- es el propósito del progresismo.

Y en ese escenario progresista cabemos muchos, siempre que leamos un poco más, pensemos mucho mejor y nos sumemos como parte de una comunidad y una sociedad en la que el bien común, la cooperación solidaria y el respeto por la dignidad y la vida estén por encima del miedo y la obediencia.

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Posdata: Los que celebran que, como en Venezuela, el matón del barrio “ponga orden” en la casa vecina, deberían preguntarse qué harán cuando él decida entrar en la propia. La soberanía y la autonomía no se defienden invocando bravucones, ni con silencios convenientes. La soberanía nacional y la autonomía de los pueblos no son retórica; son valores que, como colombianos, debemos defender por un elemental instinto de conservación.