Abelardo de la Espriella ha logrado una buena comunicación para borrar su historial de defensor de bandidos como Álex Saab (testaferro de Nicolás Maduro) y David Murcia (el estafador de DMG). Sus camuflajes le han permitido lavarse la cara y presentarse en elecciones presidenciales como “el defensor de la patria”. Sin embargo, más que firme por la patria, ha sido un abogado “firme por la plata”, como lo dijo la revista CAMBIO.

El mismo Abelardo, que en el 2006 asistía con su Fundación Ideas por la Paz (FIPAZ) a foros con paramilitares en el contexto de los acuerdos de Santafé de Ralito, ahora dice que “No voy a negociar ningún proceso de paz”. El mismo que decía en el 2008 “DMG no es una pirámide” y que la intervención del gobierno para evitar que continuara la estafa era “inconstitucional e ilegal”, ahora dice que estas alusiones a su pasado son solo ataques de la izquierda radical.

El mismo que en el 2013 decía “por algo se ha caracterizado Gustavo Petro, es por ser un hombre honesto, que es un hombre que ha desenmascarado y perseguido las mafias del distrito”, ahora lo tacha de testaferro de Maduro. El mismo que en el 2018 decía que “el buen nombre de Álex Saab ha sido pisoteado injustamente”, ahora le manda cartas a Trump para pedirle que devele los vínculos de Petro con el Cartel de los Soles (el Departamento de Justicia de Estados Unidos, según la nueva imputación contra Maduro, ya no dice “grupo terrorista” sino “sistema clientelar” y “cultura de corrupción”).

En redes sociales lo han inflado tanto como para pintarlo como un tigre feroz, pero periodistas como María Jimena Duzán, Daniel Coronell y Ana Bejarano lo han desenmascarado y han mostrado que no es más que un tigre de papel. Los partidarios de Abelardo hacen alarde de cuanto sondeo en Internet encuentren que lo den como ganador, como el último sondeo publicado por Semana (que, como sondeo, según la última ley, es ilegal publicarlo) o como los resultados de casas de apuestas, como si fueran resultados infalibles y definitorios. Pero solo dejan ver un afán por inflar a su tigre de papel.

Quien quiera votar por este sinuoso abogado político (o político abogado), está en su derecho. Pero que no digan que es un outsider que no se ha untado de política.

Muchos electores, todo hay que decirlo, solo comulgan con esas formas demasiado rebuscadas de Abelardo como su manera de vestir (a lo que él llama buen gusto), ese intento de camuflarse con una estética basada en las apariencias, desde fórmulas retóricas barrocas hasta exceso de IA en sus fotografías para borrar cualquier atisbo de error. Da la impresión de que con sus excentricidades quiera borrar su esencia costeña y colombiana, para parecerse a un gringo. Como muchos colombianos arribistas (los del “¿usted no sabe quién soy yo?”), que tienen como objetivo de vida dejar de parecer colombianos.

Abelardo no es un tigre, es un camaleón como cualquier político. Inauténtico como la barba de Bukele, reptiliano como Santos, rimbombante como los discursos de Petro, tan outsider como el ingeniero Hernández: Abelardo de la Espriella no es como lo pintan.