Pasado mañana se inicia una enigmática nueva época calendario. Es tiempo propicio para balances de toda clase. Incluyendo escalafones o listas simples de lo bueno y de lo malo. Infinidad de informaciones se han consolidado desde hace unos días y otras podrán recolectarse.

Un nuevo año es empresa diferente que deja atrás lo vivido. Los balances bien hechos dejan, más allá de los números, enseñanzas que muchos entienden o las consideran fútiles o desechan alegremente.

El final del año implica análisis personal, familiar, social e institucional, para determinar el papel realizado contrastado con el compromiso adquirido o el deber.

No hay ser humano que pueda eximirse de obligaciones, una o muchas, que tiene para consigo mismo y con los demás. Su sitio como ser viviente pensante no puede ser cambiado. Cuando esto sucede aparecen las distorsiones que comprometen su propia manera de vivir.

Lo pasado es el recuerdo. Lo próximo, sin olvidar la historia y los sentires, es lo más importante. Durante una excelente alocución de fin de año, el rey Felipe VI de España hizo un llamado a los españoles que pareciera estar dirigido a los colombianos.

Refiriéndose a la Constitución expresó: Es el conjunto de propósitos compartidos sobre el que se edifica nuestro presente y nuestro vivir juntos, un marco lo bastante amplio para que cupiéramos todos, toda nuestra diversidad…

Vivimos tiempos ciertamente exigentes. Muchos ciudadanos sienten que el aumento del coste de la vida limita sus opciones de progreso; que el acceso a la vivienda es un obstáculo para los proyectos de tantos jóvenes; que la velocidad de los avances tecnológicos genera incertidumbre laboral; o que los fenómenos climáticos son un condicionante cada vez mayor y en ocasiones trágico. Tenemos muchos desafíos…

Y los ciudadanos también perciben que la tensión en el debate público provoca hastío, desencanto y desafección. Realidades, todas ellas, que no se resuelven ni con retórica ni con voluntarismo.

Pero la convivencia no es un legado imperecedero… es una construcción frágil. Por esa razón, todos debemos hacer del cuidado de la convivencia nuestra labor diaria. Y para ello necesitamos confianza… Igual opinó recientemente el exministro José Manuel Restrepo.

Los extremismos, los radicalismos y populismos se nutren de esta falta de confianza, de la desinformación, de las desigualdades, del desencanto con el presente y de las dudas sobre cómo abordar el futuro.

Ni calcado; solo basta observar y entender el entorno. En los balances personales, la culpa por falta de logros o mal hechos, no siempre son del congénere, cualquiera que sea. Por ello definir la propia responsabilidad es un acto de valor que facilitará el futuro.

Sobre errores, conscientes o no, se construye siempre el esperanzador futuro benéfico. Nadie debiera dar por entendido que todo ha sido bueno y menos inmejorable; pero tampoco debe mortificarse porque cree que todo ha sido un fracaso, lo cual no se ajusta a la realidad de la razón de ser de los humanos.

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Nota: Esta columna dejará de aparecer temporalmente.