A estas alturas de la vida -a punto de cumplir 60- uno debería estar vacunado contra la ridiculez emocional. Después de todo, he sobrevivido a la moda de los pantalones campana, al servicio militar (o a la excusa para evitarlo), a los primeros celulares del tamaño de un ladrillo y a dos o tres crisis existenciales que mis tratamientos psiquiátricos citan como si fueran un clásico de la literatura. Uno diría que ya aprendió a no montar un drama por cualquier cosa. Pero no. Todavía siento que me miran. O mejor dicho: todavía mi cabeza cree que me miran. Porque, siendo sinceros, el verdadero espectáculo suele estar ahí adentro, no afuera.

No siempre, claro. Hay días en los que logro andar por la calle como un veterano de la vida, con la serenidad del que ya pagó bastantes facturas -literales y simbólicas- como para preocuparse por el qué dirán. Pero basta un detalle mínimo para que el telón se levante sin que uno quiera: una reunión donde todos parecen haber nacido después de mi primer empleo, un comentario que sonó menos brillante al salir de mi boca, o una fotografía reciente donde la luz, la cámara y la realidad conspiran en mi contra.

Entonces aparece ese actor que creí jubilado: “Ojo, te están mirando”.

Un susurro sin lógica, pero con un talento dramático impecable.

Claro. Porque la humanidad, en su vasto tiempo libre, está pendiente de si mi silencio es sabiduría o apenas la forma más distinguida de cansancio.

Lo peor es que sé que no es verdad. A mis 60 he visto suficiente para entender que la gente no mira tanto, no escucha tanto y no piensa tanto. Cada quien anda atrapado en su propio cuento mental, convencido de que los demás lo observan con lupa… cuando la realidad es que todos estamos demasiado ocupados revisando nuestra propia lupa. Una sinfonía mundial de paranoias simultáneas.

La humanidad no enloquece: ensaya sus necedades como si fueran obras maestras.

Y aun así caigo. Me juzgo con un rigor que el mundo, tan distraído, jamás tendría la cortesía de dedicarme.

A veces, cuando la lucidez me agarra desprevenido, me río de esto. Porque es francamente absurdo que, después de seis décadas de vida, todavía me visite esa sensación de ser observado. Ni que fuera un influencer. O un político. O alguien con necesidad de reflectores; lo mejor de la vida se hace sin espectadores. Así nadie molesta, nadie opina y, sobre todo, nadie interrumpe.

La verdad es que a nadie le interesa tanto lo que hago. Y si alguien me mira, seguramente es porque está calculando cuántos años tiene él -o ella-, no yo. El espectáculo, como siempre, ocurre en mi cabeza.

Así que me digo: si ya llegué a los 60 haciendo más o menos lo que me da la gana, no voy a empezar ahora a actuar para un público que no existe. Que miren, si quieren. O que no. A estas alturas, la única diferencia real está en mi propia imaginación.

Nadie me mira. Pero a veces siento que sí.

Y, al final, da igual: las miradas vienen y van, como todo lo demás. A mis casi 60, me basta con mantener la compostura y algo de humor -aunque sea negro-, sobre todo cuando no hay nadie mirando.