Mi romanticismo murió de manera discreta, casi educada. Ni siquiera dejó una nota: simplemente se desplomó, como esas plantas que uno olvida regar y que, por despecho, deciden morirse justo el día en que uno se acuerda de ellas.
No hubo drama. Lo suyo eran los gestos grandilocuentes, las frases interminables, la lluvia perfecta. Pero murió como mueren las cosas verdaderas: en silencio.
Quizá porque llevaba tiempo debilitándose. Al fin y al cabo, el romanticismo es un invento reciente, un capricho moderno que confundió el amor con una epopeya personal. Mientras nosotros queríamos historias extraordinarias, el cuerpo seguía con su química simple: dopamina, oxitocina, feromonas. Frente a esa maquinaria austera, sus exageraciones empezaron a parecer un lujo que la vida ya no podía sostener.
Aun así, era hermoso. Tenía esa intensidad que se deshoja, como una flor abierta demasiado pronto. Amaba con urgencia, con esa fragancia que promete más de lo que dura. Quizá por eso su muerte dolió: no por lo que era, sino por lo que imaginaba.
El día que murió entendí algo que habría preferido no saber: ninguna historia mejora por insistir en lo que ya no existe. Esa claridad llegó como llegan las escenas inevitables, esas en las que dos personas caminan juntas sabiendo que ya nada ocurrirá, y lo único decente es aceptar lo irrecuperable.
Con el tiempo, también entendí que mucha gente aún se casa con una idea romántica más que con una persona. Imaginarios impecables, peinados perfectos, eternidades de película. Pero también existen los otros: los que no se casan por romanticismo y, sin embargo, son felices. Parejas que eligieron la complicidad práctica, la risa sin guion, la armonía posible. No prometen destinos; se acompañan.
Quizá por eso descubrí que es posible estar con alguien sin romanticismo y aun así estar bien. La vida real es menos glamorosa, pero también menos agotadora. Y aunque no hay violines en el momento exacto, hay cafecitos compartidos, silencios amables y esa paz que no necesita escenario.
No extraño al romanticismo. Extraño la versión de mí que aún le hacía sitio. Quizá eso sea lo único que realmente murió.