Siempre he desconfiado de esa manía tan humana de convertir una emoción privada en ley de la república. Esa urgencia por agarrar una irritación personal, agitarla un poco y decretar que todo el mundo debe sentir lo mismo para ser decente. Por eso, en mis dilemas morales, casi siempre he preferido no prohibir. No por tibieza, sino por prudencia: he observado que detrás de cada prohibición suele esconderse cierta impaciencia moral, cierta vocación de cruzada, ese impulso que quiere que lo que me molesta a mí se convierta, automáticamente, en obligación para todos.
Y, sin embargo, durante años fui anti-taurino. Y peor: fui un anti-taurino típico, convencido de que estaba del lado luminoso de la historia. Llevaba mi postura como quien luce un distintivo de superioridad ética que, con el tiempo, descubrí que era más bien una medalla de autoindulgencia bien pulida. Todo se resquebrajó el día en que cometí mi primer genocidio accidental.
Iba caminando, distraído, cuando aplasté sin querer un hormiguero entero. De un momento a otro, se hundió bajo mi suela una república subterránea que vivía en paz: decenas, quizá cientos de criaturas “sintientes”, como ahora las llama la legislación, quedaron reducidas a tierra removida. Y nadie protestó. Nadie escribió una columna indignada. Nadie exigió medidas cautelares para proteger aquella ciudad invisible. Ningún político alternativo sintió la tentación de “conectarse” con mi súbita condición de genocida accidental.
Esa indiferencia universal me dio qué pensar. ¿Por qué la muerte ritual de un toro me escandalizaba tanto, pero la destrucción masiva de un hormiguero me dejaba absolutamente intacto, por no decir indiferente? ¿Será que, en cuestiones morales, el tamaño sí importa… aunque aquí tampoco nadie quiera admitirlo en público?
Porque, además del tamaño, está la belleza. No es lo mismo un animal que muere con la dignidad de una estampa clásica que otro cuya forma no despierta en nosotros ningún tipo de poesía. El sufrimiento del toro nos conmueve, porque su figura admite relato: hay simetría, hay fuerza, hay una nobleza que la imaginación humana agradece. El pollo, en cambio, carece de épica visual; es un animal narrativamente desafortunado. Y la moral contemporánea -aunque presuma de racional- sigue siendo profundamente estética: sufrimos más por aquello que podemos contar con belleza.
Y luego está la comparación que nadie quiere hacer, pero que todos intuimos: la vida de un pollo industrial frente a la de un toro de lidia. El pollo vive cuarenta días en una nave sin horizonte, sin viento, sin espacio, sin nombre, sin novias y sin biografía. Una existencia gris, breve, anónima, diseñada para no incomodar a la sensibilidad moderna. El toro, en cambio, vive cuatro años en el campo: hierba, lomas, lluvia, sol, la dignidad de un animal que crece entero, libre y con esa épica silenciosa que sólo dan el campo y los sonidos antiguos de la naturaleza.
Si la ética midiera sufrimientos acumulados -aunque aquí tampoco nadie quiera admitirlo en público-, el pollo debería encabezar todas las pancartas y el toro aparecer sólo para dar las gracias por los años espléndidos previos a su muerte ritual.
Llegados a este punto, la cuestión se vuelve incómoda: ¿Qué es moralmente más grave, ir a los toros o comerse un pollo? Pero pronto advertí que el asunto no era sólo el tamaño del animal. Era que mi brújula moral tenía dos imanes: la estética -que me hacía compadecer al toro, pero no al pollo- y la cultura -que me hacía detestar el goce de los taurinos más que la muerte del propio toro-.
Porque si algo irrita a cierto anti-taurino no es únicamente que muera un toro -al fin y al cabo, los pollos mueren por millones cada día y esa muerte sin testigos rara vez inquieta la conciencia moderna-, sino que haya un público que disfrute mientras el toro muere. Ese es el verdadero tabú: el placer ajeno.
La fiesta brava tiene ese ingrediente peligroso para la moral moderna: gente que vibra, que se estremece, que encuentra belleza en un lugar donde uno, si está de mal humor, solo ve sangre. Ese placer es casi una provocación. Una alegría que no pide permiso. Una alegría que no se esconde. Una alegría -y esto es lo que verdaderamente irrita- que no se siente culpable.
Y está ese pequeño detalle que nadie sabe dónde meter en el debate: el toro puede matar al torero. Y de vez en cuando lo hace. Lo cual, admitámoslo, complica bastante la narrativa del “pobre animal indefenso”, porque indefenso, lo que se dice indefenso, no está.
El pollo, la res, el cerdo… todos avanzan hacia la máquina con esa discreción industrial que tanto conviene a ciertos políticos alternativos: nada que incomode, nada que despierte pasiones y, sobre todo, nada que no les consiga electores ávidos de limpiar su propia conciencia. El toro, en cambio, entra con astas -literalmente- en alto. Y esa posibilidad de invertir el resultado irrita tanto como el aplauso. En los últimos minutos de su vida, el toro puede matar o morir en combate, un privilegio extraño y casi aristocrático que la mayoría de los animales jamás tendrá.
Entonces comprendí que mi rechazo al toreo no nacía sólo del toro, sino también del goce del taurino: esa emoción ajena que no entendía y que, por lo mismo, me enseñaba mis propios límites morales.
No quiero decir con esto que todo goce cultural sea justificable ni que la estética exima de responsabilidad. Lo que descubrí es algo más humilde: que mis juicios sobre los animales no siempre nacían del sufrimiento del animal, sino de la estética del animal; y que mis juicios sobre la tauromaquia no siempre nacían del toro, sino de la cultura que se mueve alrededor del toro. Mi ética, descubrí, tenía ojos; y mi indignación, por momentos, tenía celos.
Y entonces regresó mi vieja brújula moral, tan discreta como implacable: si dudas, elige no prohibir. Porque prohibir algo que no entiendo, o algo cuyo goce me irrita, es una forma de arrogancia; y convertir una sensibilidad privada en ley general es un atajo ético que disimula muy bien nuestras propias incoherencias. No se trata de absolverlo todo, sino de aplicar el mismo rigor a mis indignaciones que a mis hábitos. De recordar que aplasto hormigueros sin querer, que tolero mataderos sin pensar, y que también sostengo ritos —menos vistosos— que otros podrían juzgar con igual severidad.
Elegir no prohibir no es aplaudir la tauromaquia.
Es aceptar que hay placeres que no comparto, sensibilidades que no entiendo y tradiciones que no me pertenecen… y aun así reconocer que no tengo derecho a borrarlas del mundo porque me incomodan. Y al final, si vamos a morir —como todos— no tengo duda: prefiero ser toro que pollo