¿Cómo se puede comprender que muchas investigadoras e investigadores que apostamos por otros tipos de investigación, y que pasamos la mayor parte de tiempo con las organizaciones sociales y las comunidades produciendo procesos de pensamiento situado y movilizador, hoy estemos en los márgenes de las métricas de Minciencias?
En mi caso, pareciera que no ha pasado nada raro con mi carrera investigativa, porque tal como hace 12 años, cuando por primera vez me asignaron la clasificación de asociada, sigo concentrada en la investigación. Igual que en ese entonces, en los últimos cinco años he liderado proyectos colectivos y regionales, producido artículos, libros y materiales pedagógicos. Tal vez una cosa diferente es que me gradué doctora con una tesis con la máxima distinción y realicé una investigación de posdoctorado. También he dirigido tesis de maestría con calificaciones meritorias.
¿Entonces, cómo se explica qué en lugar de avanzar, hoy esté un nivel más abajo en ese escalafón?. Es simple. Yo soy una investigadora activista, y además feminista. Decidí hacer una investigación colectivizada no extractiva. Dejar de escribir sola. Ahora no produzco artículos en serie, ni pago para ser publicada. Renuncié al privilegio epistémico y me concentré en pensar y actuar con otras mujeres.
El sistema de medición de Minciencias se presenta a sí mismo como un dispositivo técnico, neutral y objetivo. Se nombra como instrumento para la “calidad”, “excelencia” y “competitividad científica”. Sin embargo, este sistema no es un simple mecanismo administrativo, es una tecnología de poder que ordena lo visible y lo invisible, lo que cuenta y lo que no cuenta como conocimiento, quién merece reconocimiento y quién debe permanecer en los márgenes del campo académico.
En el corazón del modelo de Minciencias habita una racionalidad neoliberal, patriarcal, colonial y elitista que traduce el conocimiento en puntos, productos, rankings e incentivos económicos. El artículo científico en revista indexada, preferiblemente en inglés, alojado en bases de datos comerciales de ese norte global, se convierte en la unidad privilegiada de valor. La producción de conocimiento deja de ser un proceso situado de comprensión y transformación del mundo, para convertirse en una economía del paper que genera injusticia epistémica.
Quienes apostamos por estos caminos quedamos al margen, desclasificados o sub-clasificados. Minciencias maneja un doble discurso. Por un lado, promueve programas como orquídeas, del cual fui beneficiaria, y donde la apropiación social supuestamente es fundamental. Pero por otro lado, sostiene un modelo de medición donde el mayor valor lo tienen los artículos en revistas indexadas. Esta lógica no solo es injusta, sino peligrosa porque una ciencia que no se deja interpelar por las demandas sociales, que no escucha a los territorios, que no dialoga con saberes otros, termina reforzando el orden que dice querer transformar.
No se trata de negar la importancia de la escritura académica ni de la circulación internacional del conocimiento, sino de descentrarlas y desistir de las formas invasivas y consumistas que rigen hoy la producción científica como único horizonte de valor. Medir de otra manera es valorar de otro modo, crear nuevas maneras de nombrarnos, y sobre todo, de relacionarnos. Es imaginar otro pacto entre ciencia y sociedad.
Mi pregunta como investigadora activista no es cuántos artículos producimos, sino qué vidas tocamos, qué violencias nombramos, qué futuros hacemos posibles con lo que sabemos y escribimos. Cómo el lenguaje es acción y produce realidad... como lo político es personal y la dignidad no se empeña, termino esta crítica renunciando públicamente al sistema de medición de Minciencias. Desde hoy mi clasificación oficial es investigadora activista comunitaria. #minciencias no me define.