En esta época de Navidad es casi inevitable caer en la tentación de hacer balances sobre lo positivo y negativo que vivimos y pensar en los deseos que proyectamos para el año que viene.

Empecemos, entonces, por el balance. Manizales demostró, una y otra vez, que tiene todo el potencial para consolidarse como la ciudad que promete la mejor calidad de vida del país. Los premios y reconocimientos recibidos durante este año no solo son motivo de orgullo, sino también una oportunidad para profundizar en aquellos aspectos en los que aún debemos mejorar como ciudad: la calidad educativa, la sostenibilidad ambiental y el cierre de brechas socioeconómicas. Son tareas pendientes que exigen enfoque, compromiso y una visión colectiva de largo plazo.

La cultura en la ciudad volvió a demostrar que está sostenida por verdaderos gestores culturales, a quienes bien podríamos llamar “titanes”, pues hacen que las cosas sucedan contra viento y marea. Todo esto ocurre en un contexto atravesado por precariedades estructurales y una persistente falta de apoyo a los procesos culturales, una situación que no es exclusiva de Manizales, sino que se replica en buena parte del país. La situación laboral y de seguridad social de artistas y gestores culturales, una vez más, no hizo parte de la agenda pública. Y ni hablar de la distribución de los recursos públicos para el sector, que encuentra en las convocatorias su mejor aliado, pero también su peor enemigo. La fuerza creativa está cada vez más supeditada a lo que el Estado quiere que se haga, y no a lo que los creadores desean, necesitan o consideran pertinente crear.

En mi lista de deseos, empiezo pidiéndole al Niño Dios políticas culturales y laborales que reconozcan el trabajo en el arte y la cultura como lo que es: un trabajo. Pido que las fuerzas creativas no sean instrumentalizadas, sino reconocidas en su rol fundamental como cimientos de la identidad, del pensamiento crítico y constructivo, y como pilares del ocio y el descanso, dimensiones que cada vez valoramos menos. Pido, además, que como ciudadanos reconozcamos que tenemos derechos culturales y que estos son importantes para nuestro desarrollo individual y social.

Esta lista no estaría completa sin pedir por un mejor país. Somos pocos quienes contamos con un trabajo digno y con tres comidas al día, y son muchos quienes no. Pido por quienes lloran la desaparición o la muerte de un familiar o un ser querido, y por quienes no tienen garantizados sus derechos fundamentales. Pido también por aquellas mujeres que durante este año se sintieron invisibilizadas, poco valoradas o maltratadas, para que no haya repetición de aquello que nos ha hecho daño, para que sanemos heridas y, juntas, encontremos caminos hacia la plenitud.

Cierro agradeciendo esta columna a quienes la leyeron, ¡gracias!, espero seguir aprendiendo en este ejercicio día a día. A Carlos Alberto Ramírez, mi esposo, y a Leidy Agudelo, gracias por leer mis artículos de opinión, por comentarlos y aportar para que salieran mejor de lo que yo sola no hubiese logrado.

Gracias, gracias y gracias a mi familia, amigos, amigas y compañeros de trabajo por el camino recorrido este año. Que el 2026 esté llenito de luz para todos, de sabiduría, salud y amor. Sin duda, mucho amor: esa es la base de todo.