En algunas zonas del Tibet, cuando alguien muere, arrojan los despojos a un hondo precipicio.
No tienen apegos con el cuerpo material y lo ofrecen como alimento a los animales.
En nuestra cultura suena horroroso por las creencias que tenemos en la mente, no por la realidad misma.
No darle tanta importancia al cuerpo ayudaría a muchos a procesar mejor su duelo y su dolor.
Tres días después de morir, a los 92, las cenizas de mi madre ya estaban en un río como era su deseo.
No voy al cementerio porque allá no está, solo verdor, huesos, flores, apegos, llanto y dolor.
Respeto a los que van, pero sé que desprenderse del cuerpo libera y trae paz al espíritu.
Quiero que al morir me cremen y arrojen las cenizas al mar o a un río. Guardar es apegarse, y apegarse es sufrir.
@gonzalogallog