La muerte de Yeison Orlando Jiménez Galeano, conocido artísticamente como Yeison Jiménez, no solo estremeció a sus seguidores, también dejó al descubierto las tensiones culturales que atraviesan a la sociedad colombiana. Las redes sociales se inundaron de homenajes, juicios morales y clasificaciones estéticas.
Entre todo ese ruido reapareció un video del 2010, publicado por la emisora Voces FM de Manzanares, su pueblo natal. En él, un escuálido joven de 19 años canta en el parque principal, vestido con camisa campesina de cuadros, alas de ángel tejidas en la espalda, jean desteñido y tenis blancos, rodeado de niños y curiosos. Allí estaba ya la semilla del fenómeno. 15 años después, ese muchacho se había convertido en un artista millonario de la música popular, con una biografía marcada por el ascenso social, la paternidad temprana, la ostentación, pero también por una persistente fidelidad a sus orígenes.
Yeison supo narrar, desde la música, la economía del rebusque, las madrugadas de Corabastos, el aguardiente compartido y el caldo de albóndigas en el centro de Manizales. Su éxito no fue un accidente, fue una identificación colectiva con el territorio que le vio nacer. Este recorrido recuerda el de Gildardo Montoya, figura emblemática de la música parrandera, formado también en plazas de mercado. Ambos representan trayectorias artísticas en las que el reconocimiento llega tarde y la tragedia llega pronto.
Más que historias individuales, son expresiones de una cultura popular que ha sido sistemáticamente subvalorada. Desde una perspectiva académica, comprender fenómenos como el de Yeison Jiménez exige pensar la nación como una construcción plural. Para los estudiosos de la historia cultural, la obra de Benedict Anderson, Comunidades imaginadas, resulta clave para entender cómo se construyen socialmente las nociones de nación. Durante el siglo XX se intentó homogeneizar el país, tanto en lo religioso - como cuando se consagró al Sagrado Corazón de Jesús- como en lo cultural, al buscar una identidad musical única: bambuquera, pasillera, vallenata, salsera o cumbiambera mientras se despreciaban otras sonoridades.
La etnomusicóloga Carolina Santamaría Delgado ha demostrado que no existe una cultura andina colombiana uniforme. Los géneros musicales se configuran según condiciones sociales de producción y de escucha. Por eso la música popular, interpretada por artistas alejados de los conservatorios, conecta con públicos amplios, hablan su mismo idioma emocional, sin pedir permiso ni traducción.
No es casual que la música de Yeison Jiménez sea considerada “de mal gusto” por ciertos sectores. Ese juicio estético encubre prejuicios de clase y raza, los mismos que durante décadas estigmatizaron la música guasca y carrilera. Emisoras como Voces FM, Olímpica o Radio Uno junto a programas como los dirigidos por Juan Carlos Álvarez y Fernell Ocampo en la Emisora Cultural de Pereira han sido claves para legitimar estas expresiones y fortalecer un nacionalismo culturalmente diverso.
La música popular andina no empobrece la nación, la hace visible en su complejidad. Brindar por Yeison es, en el fondo, brindar por un país que canta desde abajo. Amarillo en lo alto. ¡Con el corazón!