Las personas que hacen la diferencia en favor de los otros son dignas de alabar. Eso no es fácil en medio de intereses personales, de comportamientos egoístas, cuando no antisociales. Faltaría espacio para reconocer el valor de las personas que cotidianamente hacen la diferencia en sus núcleos familiares, tienen valor especial digno de reconocimiento. A ellos todo el aplauso, en una sociedad llena de malas acciones, egoísta, aparentadora de una bondad hipócrita de la que carecen y con la que engañan para conseguir sus intereses pueriles.
En el siglo XVIII, en plena guerra de independencia, la España saqueadora del oro del nuevo mundo estableció un Virreinato que acabó con muchos recursos, asesinó un número inmenso de nativos, cambió las formas y maneras heredadas de sus aborígenes para someterlos a un imperio despiadado que fue patrocinado por una reina, Isabel que se hacía llamar la “Católica”. De esa conquista, fueron bastiones importantes la creación de Honda y Mariquita, esta última que era una provincia independiente y vio su nacimiento como corregimiento en 1550, haciendo parte del Virreinato del Perú. Felipe V, en 1717, expidió una “cedula real” creando el Virreinato de la Nueva Granada, agregándola a este último.
Entre las comunidades ancestrales, en lo que hoy es el Tolima había una de agricultores y pescadores que lo hacían en paz. Tuvieron que comenzar su desplazamiento para evitar la muerte, hasta que se asentaron en el extremo nororiental de Caldas, en la región ribereña del río La Miel. Viven en ella hace más de 150 años, varias generaciones los han ido sucediendo, conservando su apellido indígena pija, los Cupitra. Se han destacado por su trabajo comunitario, su cuidado de las reservas naturales, su trabajo honesto de lancheros, con algunas cabañas de hospedaje para turistas amigos de la naturaleza. Todos los que pertenecen a ese círculo son personas honestas y trabajadoras, conocidas en el entorno ribereño. Sus hijos han podido acceder a educación secundaria o estudiar alguna profesión. Varios siguen en las labores del río, otros han emigrado sin olvidar su origen.
Édgar Cupitra es el principal representante de esta familia, que, desde su condición humilde, ha logrado construir un mundo nuevo para sus descendientes, sin perder el contacto con lo heredado de sus ancestros. A él se le debe el cuidado que nadie le prestaba al río, alterado en su caudal y biodiversidad por la construcción de la hidroeléctrica La Miel, aumentada por la inconsciencia y malos hábitos de los visitantes que arrojan basuras no degradables en sus riberas, botellas, plásticos, bolsas y mugre contaminante. Cortan ramas de los bosques para hacer sus fogatas. Édgar, ante la falta de aseo, labor incumplida por el Municipio para recoger las basuras, construyó un centro en el que se pueden recolectar sin contaminar hasta que vayan a recogerla.
Édgar, su familia y la comunidad que los rodea se unen para hacer brigadas de limpieza, mantener equipos de salvamento que se turnan para cuidar el río y a sus visitantes. Édgar Cupitra, desde su lancha en el río y desde su casa en una isla en La Miel, busca apoyo y recursos para continuar la labor, ya que ninguna entidad estatal lo hace. Él es un digno representante de lo mejor que tenemos en el campo colombiano, con gente honesta, pacífica y trabajadora; gente como ellos, con honestidad, dignidad y trabajo, merecen todo el aplauso y la admiración de los vecinos y de los turistas.