Con El Arriero hablo de fútbol sin maquillaje: de posesión, transiciones, balones largos como alternativa al juego elaborado para explotar los espacios, de verticalidad sin miedo y del rechazo a la especulación cobarde.
Me dice que es lo suyo. Si lo aplica, es lo mío.
Hablo del torneo, mediocre y cruel, en el que lo único importante es ganar; de lo contrario la tribuna aplasta, no perdona por el exitismo.
Hablo de los memes que lo castigan, de las burlas y descalificaciones de sus detractores. Los que espera silenciar con triunfos, porque no tiene otro camino.
De sus incorporaciones: Alvarado y Rodallega, combativos, y Roa talentoso, todos con recorrido. Es injusto juzgarlos sin verlos. Ambos se adaptan a su juego. En sus fichajes, prefiere calidad y no cantidad.
De su pizarra, que es conocida y criticada, y de la agenda secreta para sustituir a Luis Palacios, que fructifica con la llegada de Jader Quiñones.
De la continuidad, quizás obligada, de Quiñones, Ibargüen y Beltrán. Con una nueva oportunidad. Su talento sin esfuerzo en las marcas, no sirve.
De Dayro y sus goles, que son relámpagos redentores. De su confianza en Zapata, en Barrios, Cuesta y el Niche Sánchez. De la rumorología, del desánimo persistente en la hinchada, visible en el número de abonados por la decepción de la Sudamericana, y de su relación siempre tensa con los medios.
De todo esto hablo con Herrera, mientras pasan las horas que acercan al Once al comienzo del torneo, con todas las expectativas puestas en las respuestas de los futbolistas incorporados. La verdad en la cancha y no en los micrófonos, en las redes, o en el desenfreno crítico.
De la urgente reconciliación con las divisiones inferiores, con la obligación de mirar los "cachorros" que maduran.
Hablo con Herrera mientras pasa mi resaca de final de Feria. Esa fiesta que nos enorgullece e identifica, en la que, como en el fútbol cuando quiere, la felicidad no es falsa alegría.
Es auténtica por el goce del pueblo. En ella me divertí como siempre... a mi manera.