Fin de año: trago, comida, rumba. La liturgia intima de los reencuentros y la memoria. Los amigos de ayer, de hoy y de siempre. Abrazos, promesas, tertulias, enriquecidas con recuerdos.
El placer de caminar por las calles, de saludar con la mirada. De explicar lo inexplicable, porque el fútbol, esa pasión infinita, es un universo misterioso y apasionante. Se siente, no se entiende.
Mi refugio de siempre, la colina iluminada. Mi Manizales del alma. Con largos y lúcidos amaneceres al pie de las teclas.
Con repaso, obsesivo, a los videos del ayer, de astros del cuero cuando el fútbol era otro. Menos ruido, mas alma.
… ¿Un libro? Quizás. Qué manjar delicioso será recrear las historias blancas del Once Caldas en unas o muchas páginas.
El Once actual, sin estridencias. Sin el ruido de fichajes. La austeridad de siempre, llamada estrategia de mercado. Se cuelan Jaime Alvarado y Yéferson Rodallega. Tienen para dar.
La pelota siempre flota en mi cabeza. Atrapado en el tiempo, en los inolvidables momentos de la Libertadores, en el penalti de Henao, en el profe Montoya.
En las imposibles excusas por lo que pudo ser y no fue, en la Sudamericana. En esa inevitable pelea con la memoria.
Aquel partido ante Independiente del Valle que infló el espíritu, en Ecuador, vuelve a dar vueltas en mi memoria. La danza del balón con toques. El gol de Dayro, magistral, a pase de Cuesta. Las fragancias del fútbol bien jugado.
Cuando los deseos tocaron el techo. Los elogios, los registros de goleo, la admiración general. Un club chico con ambiciones grandes que ganaba y convencía. El gol de Beltrán que no fue gol, que convirtió el anhelo en pesadilla.
El desplome.
Porque el reencuentro con el pasado no siempre es alegría.
No logro despojarme de la indignación posterior en Manizales cuando todos le pusimos música al fútbol y caímos profundo. Que dio paso a la falsa depresión del ídolo perdido en la bohemia, a las excusas nunca aceptadas, por la falta de grandeza.
A las supuestas cábalas que pedía Holocausto, nunca comprobadas, a los bailes antes de los partidos con el techo del bus como pista.
Cierro heridas. Aquí estoy, fin de año, soñando otra vez. En otro comienzo. Dándole forma a las especulaciones, esperando noticias. Fantaseando.
Si, en estos momentos sin fútbol, añoro hasta los tiros de esquina. Porque mi vida no es vida, sin fútbol. No lo sería sin el Once Caldas, mi amor sin traiciones, innegociable.