Ahora que termina un año lleno de tensiones geopolíticas, impensables desde hacía tiempos, y cuando se celebran los 80 años del fin de la Segunda Guerra Mundial no deja de ser curioso ver las similitudes de lo ocurrido antes de que se iniciara la deflagración en 1939. La llegada de Adolfo Hitler en 1933 a la cancillería alemana, tras una década de ascenso iniciada en los años 20 desde la ciudad bávara de Múnich, tiene semejanzas con la irrupción y triunfo del autoritarismo de extrema derecha del magnate Donald Trump y su movimiento MAGA, supremacista, racista, agresivo, violador del derecho internacional.
Ya al perder las elecciones hace un lustro frente al demócrata Joe Biden, Trump mostró los mismos métodos utilizados por el Führer en Alemania, al propiciar la toma violenta del capitolio en Washington, poniendo en peligro la vida de los congresistas y de la presidenta del Congreso Nancy Pelosi, hostigados por temibles hordas de fanáticos que destruían todo a su paso.
Las escenas terribles de la persecución y deportación de miles de inmigrantes legales e ilegales, encadenados de manos y pies, inclusive niños, madres y ancianos, y la amenaza incluso para quienes tienen la nacionalidad estadounidense y nacieron allí de padres extranjeros, genera paralelismos con la persecución implacable de judíos, gitanos, extranjeros y militantes opositores realizada por los nazis, con saldo de millones de muertos en campos de concentración.
Las agresiones del tiránico supremacista blanco neoyorquino, involucrado según la prensa estadounidense en el caso del depredador sexual y pedófilo Jeffrey Epstein, no solo se dan contra latinoamericanos, sino que se extienden inclusive a altos funcionarios y figuras europeas. El violento Trump ya ha ejecutado de manera extrajudicial a un centenar de supuestos narcotraficantes por medio del cobarde bombardeo de pequeñas embarcaciones en el Caribe y el Pacífico, cuando todo el mundo sabe que los verdaderos capos del tráfico mundial son delincuentes de cuello blanco que viven y actúan en las capitales estadounidenses, paraísos fiscales y ricos países del Golfo pérsico, donde lavan en total impunidad las sumas colosales de dinero generado por ese negocio.
Fascinado por el autoritarismo, Trump corteja al presidente ruso Vladimir Putin y al dictador norcoreano Kim Jong-un e interviene descaradamente en las elecciones europeas, apoyando a los líderes de la ultraderecha neonazi que avanza inexorablemente hacia el poder como en el siglo pasado, en la época de las funestas noches de los cuchillos largos y de los cristales rotos, propiciadas por los matones hitlerianos dirigidos por el autor de Mi Lucha.
Entonces, fueron las invasiones de Austria, Checoslovaquia, Polonia y Francia y ahora las pretensiones de Trump de tomarse Canadá, Groenlandia, avasallar a Europa y rehabilitar la Doctrina Monroe, bajo el lema de América Latina para los estadounidenses, como si fuera el patio trasero. Esperemos que el huracán de acontecimientos recientes, como el genocidio en Gaza, la guerra en Ucrania y el despliegue militar en el Caribe, no augure para los próximos años el desencadenamiento cíclico de nuevos conflictos bélicos incontrolables, en lo que es experta la humanidad desde antes de los tiempos de Nerón y Calígula.