El mundo de la música latina está de luto. El pasado 21 de febrero falleció Willie Colón, una de las figuras más influyentes en la historia de la salsa, a los 75 años. Trombonista, compositor, cantante y productor. Colón no solo interpretó canciones, ayudó a levantar la arquitectura sonora de un género que definió la identidad cultural de millones de latinoamericanos.
Nacido el 28 de abril de 1950 en el Bronx, Nueva York, de padres puertorriqueños, fue el protagonista indiscutible de la “edad de oro” de la salsa bajo el sello Fania Records. Desde allí impulsó un sonido urbano, recio y moderno que hibridó la herencia caribeña con el jazz, el funk y la furia de la calle neoyorquina. Su trombón no acompañaba: mandaba. No buscaba la tersura de la seda; proclamaba el carácter del asfalto.
Si la salsa tuvo un momento fundacional en los años setenta, fue gracias a una verdadera trinidad artística: Willie Colón, Héctor Lavoe y Rubén Blades. Con Lavoe, el “Malo” levantó la rebeldía sonora del barrio latino en discos como Cosa Nuestra y Lo Mato, donde la esquina se elevó a la categoría de poesía popular. Más tarde, junto a Blades, llevó el género a una dimensión narrativa y política con obras como Siembra, el álbum que transformó la salsa en crónica social y conciencia colectiva.
Trombón, voz y palabra. Arquitectura musical, sentimiento humano y reflexión social. Esa combinación redefinió la salsa no solo como ritmo, sino como la expresión cultural de la diáspora. En ese universo también brilló junto a Celia Cruz, con quien consolidó la proyección continental del género, uniendo la raíz profunda del son cubano con la vanguardia del sonido de Nueva York.
Colón dejó piezas que forman parte del ADN musical de nuestro continente: Idilio, Gitana, El Gran Varón, Calle Luna, Calle Sol y Juanito Alimaña. Cada composición trascendió la pista de baile para instalarse en la memoria sentimental de generaciones enteras. Pero su legado va más allá de un repertorio exitoso: Colón fue un estratega cultural que entendió que la salsa no era solo entretenimiento; era un escudo de identidad.
Para Colombia, Willie Colón nunca fue un artista foráneo. Su primera visita a Cali en 1979 inició un romance que se extendió por más de cuarenta años. En la capital mundial de la salsa encontró un público que no solo bailaba sus discos, sino que los coleccionaba y analizaba con un fervor casi académico. En el 2011 expresó su admiración por el “oído fino” de los caleños, reconociéndolos como custodios de su obra.
En diciembre del 2023 su presencia en el Súper Concierto de la Feria de Cali, compartiendo tarima con el Grupo Niche y Óscar de León, fue uno de sus últimos grandes encuentros con este suelo que lo adoptó. Bogotá también fue testigo de su fuerza en escenarios multitudinarios como el Parque Simón Bolívar. Colombia no solo lo aplaudió: lo hizo parte de su familia.
La noticia de su partida conmueve porque su música es la banda sonora de nuestra propia historia. En cada barrio, en cada feria y en cada rincón donde vibren los metales, estará Willie Colón. La salsa pierde hoy a su arquitecto mayor, pero su legado permanece vivo en cada trombón que se atreva a sonar con carácter y en cada canción que sepa combinar el ritmo con la conciencia. Algunos artistas se despiden; las leyendas, en cambio, se convierten en ritmo eterno.