Las celebraciones de Navidad y fin de año se están convirtiendo, para muchos colombianos, en una verdadera tortura. El uso desbordado de la pólvora y el volumen excesivo de los equipos de sonido se han convertido en detonantes de conflictos que afectan seriamente la convivencia ciudadana. Esto se pudo observar con claridad en la pasada temporada, en la que abundaron los reclamos, evidenciando que se trata de un problema recurrente frente al cual las autoridades reaccionan con indiferencia y falta de decisión.
Hay que tener claro que el uso de la pólvora por personas inexpertas y en sitios no autorizados está prohibido en Colombia; sin embargo, la norma no se aplica, como se evidencia en la facilidad para conseguirla y usarla. En términos generales, la comunidad se siente desprotegida y la Policía, desamparada, lo que trae consigo un incremento de personas afectadas por quemaduras, ciudadanos desesperados por el ruido de las explosiones y el clamor de los propietarios de mascotas, especialmente de perros y gatos, que sufren de manera severa por las detonaciones.
El problema de la pólvora está estrechamente ligado al del ruido excesivo. La reciente Ley Contra el Ruido tampoco ha entrado a operar. Los colombianos consideramos que mientras más alto suene la música, mejor es la fiesta. El respeto por el descanso de los vecinos y la tranquilidad ajena parece no existir. Las celebraciones ruidosas se imponen sin consideración alguna, generando conflictos que fácilmente derivan en insultos, enfrentamientos y agresiones.
En Santágueda, centro poblado reconocido como destino turístico y recreativo por excelencia de los manizaleños, esta situación se hizo particularmente evidente. Durante la pasada temporada decembrina y de fin de año los reclamos fueron constantes, debido tanto al uso excesivo de la pólvora como al alto volumen de los equipos de sonido. Los insultos y las peleas se volvieron frecuentes, sin que se aplicaran sanciones claras ni se ejerciera una autoridad efectiva.
Al parecer, ha faltado compromiso de la Alcaldía de Palestina para expedir la reglamentación respectiva y, sobre todo, dar pautas claras para la aplicación de la norma. Esta es la principal razón por la que no solo resultaron afectados los pobladores y visitantes, sino también los propios policías, quienes, sin directrices claras, terminaron siendo blanco permanente de reclamos e insultos. Otro problema que se presentó en la región fue el uso de globos, que propiciaron incendios que amenazaron las instalaciones de un acueducto de la vereda.
Es claro que el mal manejo de la pólvora como el alto volumen de los equipos de sonido son comportamientos culturales profundamente arraigados; sin embargo, pretender que el cambio se logre únicamente con buenas intenciones o programas de formación ciudadana resulta ingenuo. En Colombia, el uso del cinturón de seguridad en los carros y la decisión de no conducir después de haber consumido licor se volvieron prácticas mayoritarias no solo por la pedagogía, sino por la aplicación de sanciones económicas efectivas. Aunque persisten contravenciones, en términos generales las normas se cumplen.
Un ejemplo del incumplimiento de las normas y de la falta de autoridad fue la final de la Liga BetPlay, disputada en Medellín entre Atlético Nacional e Independiente Medellín. Durante todo el partido se usó pólvora de manera indiscriminada y el encuentro tuvo que ser suspendido por las agresiones entre hinchas. Las sanciones impuestas, especialmente las económicas a los equipos, resultaron ridículas y enviaron un pésimo mensaje al país.