Venezuela se ha convertido en el centro del debate internacional, pero la discusión suele plantearse en un falso dilema; imperialismo vs. soberanía. Estados Unidos, Rusia y China aparecen como polos morales enfrentados, mientras el elemento más importante -la ciudadanía venezolana- queda sistemáticamente fuera del análisis. Siguiendo a Boaventura de Sousa Santos (2007), esta exclusión no es una omisión ingenua, sino una operación política que define quién puede hablar y quién queda fuera del debate, un ejemplo de pensamiento abismal que reconoce a los Estados y a las potencias como sujetos legítimos del debate, pero empuja a la ciudadanía, sus derechos y su sufrimiento al otro lado de la línea de lo invisible.
Reducir la crisis venezolana a los intereses de Estados Unidos por el petróleo o los minerales es tan incompleto como suponer que Rusia o China actúan por altruismo geopolítico. Mariano Aguirre experto en relaciones internacionales y seguridad global, en su libro Guerra Fría 2.0 (2023), afirma que las disputas entre potencias suelen desplazar a las sociedades y a la ciudadanía del centro del debate. En el mundo actual no compiten modelos éticos distintos, sino potencias insertas en el mismo capitalismo global, que disputan control territorial, recursos estratégicos y proyección de poder (Aguirre, 2023). El petróleo venezolano, con una infraestructura colapsada, ya no explica por sí solo el interés internacional, los minerales críticos, las rutas geoestratégicas y la presencia militar permiten comprender mejor el contexto actual. No obstante, comprender ese contexto no implica justificar las acciones que de él se desprenden.
Aquí aparece la primera trampa discursiva, sectores progresistas que denuncian -con razón- el imperialismo estadounidense, pero guardan silencio frente a la dictadura venezolana. Invocan la soberanía cuando se cuestiona a Maduro, pero callaron ante el fraude electoral del 2024, la represión sistemática y la existencia de presos políticos, la soberanía, despojada de ciudadanía y de derechos, se convierte así en un concepto vacío, útil para blindar al poder, no para proteger al pueblo. Conviene decirlo sin rodeos, no es posible la soberanía democrática sin voto libre, sin alternancia, sin garantías civiles.
Defender la soberanía de un Estado que niega sistemáticamente la democracia es confundir principios con consignas; la soberanía, en clave republicana, no pertenece a un régimen ni a un líder, sino a la ciudadanía; cuando el poder desconoce la voluntad popular, no ejerce soberanía, ejerce dominación. El segundo gran olvido deliberado es el de la diáspora venezolana, el hecho político más grande de América Latina en el siglo XXI. Más de ocho millones de personas no abandonaron su país por elección individual, sino por hambre, miedo y persecución (ACNUR, 2024). Este éxodo masivo no puede seguir siendo tratado como un daño colateral del “conflicto geopolítico”, es la prueba empírica del colapso democrático y social, Colombia lo sabe muy bien, no hay familia que no haya acogido, acompañado o escuchado el relato de un venezolano expulsado de su propio país.
Cuando la discusión se centra exclusivamente en la ilegalidad de una intervención externa, pero ignora la ilegalidad estructural del régimen, se incurre en un doble rasero ético. ¿A quién se le exige legalidad al poder que se perpetuó mediante fraude y represión? o ¿a quienes denuncian una dictadura consolidada? Condenar la injerencia extranjera mientras se normaliza la violencia interna constituye una forma de negación sistemática de derechos que termina silenciando a las víctimas. Nada de esto implica avalar a Estados Unidos ni romantizar su política exterior.
Los imperialismos -estadounidense, ruso o chino- no liberan pueblos, disputan poder. El lugar ético para pensar Venezuela hoy no es Washington, Moscú ni Pekín, sino Caracas y también las ciudades donde la diáspora intenta reconstruir la vida. Mientras unos discuten soberanía y otros intereses, millones de venezolanos siguen sin derechos, sin democracia y sin futuro. La pregunta central no es qué imperio gana, sino quién responde por una ciudadanía negada, sin democracia, no hay soberanía qué defender, solo poder que se impone.