Hoy cumplo años, no voy a decir cuántos, una dama nunca revela su edad, pero sí quiero contarles que me siento muy feliz: Con los años viene la madurez, esa tranquilidad que traen las decisiones bien tomadas, las experiencias y los aprendizajes, que aunque nos hayan dejado heridas y cicatrices, también nos dejaron sabiduría y lecciones aprendidas. Confieso que he vivido y el día que me vaya, voy a contarle a Dios que disfruté mi paso por el mundo, que dejé lo mejor de mí sembrado en esta tierra y que mi mayor legado es mi hija, de la que no me podría sentir más orgullosa.
Hace poco me llegó uno de esos escritos anónimos, que les quiero compartir, pues encierra muchos de mis pensamientos: “Con la edad uno va entendiendo cosas que antes, por prisa o por ingenuidad, parecían invisibles (…) mientras el cuerpo se suaviza, el alma se afina.
“Empiezas a notar que lo que antes te irritaba ya no te mueve un músculo y lo que antes ignorabas ahora te toca el corazón. Con los años llega una especie de claridad silenciosa: ya no necesitas convencer a nadie, ni sostener lo insostenible. Aprendes que el cariño no se mendiga, que el respeto no se pide y que la paz es más valiosa que tener la razón. Empiezas a quererte de una forma más honesta, sin tantas exigencias, sin tanta culpa, sin esa urgencia de encajar en moldes ajenos. También se depura el círculo. Dejas de llamar “amigo” a quien nunca estuvo y te quedas con los pocos que valen oro. La vida se vuelve más liviana cuando dejas de cargar afectos rotos, expectativas ajenas y compromisos que ya no te representan.
“Aprendes a irte de donde no te quieren, a soltar lo que pesa, a cerrar puertas sin rencor, pero con determinación.
Con la edad entiendes que la felicidad no está en lo que falta, sino en lo sencillo, que a veces pasaba desapercibido: un café tranquilo, un amanecer sin sobresaltos, una conversación sincera, una tarde sin apuros. Descubres que vivir despacio no es perder tiempo, es recuperarlo, que las arrugas no son defectos, son capítulos. Y que el espejo no tiene poder sobre quien ya aprendió a mirarse con ternura.
“Lo más hermoso de crecer no es cumplir años, si no comprenderlos. Aceptar el paso del tiempo sin miedo, sin nostalgia amarga, con la humildad de quien sabe que todo es finito y por eso mismo valioso. Porque al final la edad no te quita… te enseña, te muestra lo esencial, te devuelve a ti mismo, y te recuerda que vivir -de verdad- siempre estuvo en tus manos.” Créditos al autor.
Creo que cualquier cosa que pudiera escribir no superaría esta síntesis de lo que estoy sintiendo. La mejor palabra para describirlo es plenitud; estar abierto a todo lo que la vida ofrece sin esperar nada. Con la capacidad de disfrute de una niña, que aún se sorprende con las mariposas y las flores, se enternece con el canto de los pájaros y se come un helado sin remordimiento.
Gracias Dios por estos años bien vividos y bien aprovechados, por cuidarme en cada paso y por permitirme amar y disfrutar la alegría de vivir.