Solemos imaginar a Voltaire como un escritor brillante y burlón, un filósofo de salón que se batía a punta de ironía. Sin embargo, el maestro y jurista penalista Nodier Agudelo Betancur nos lo muestra de otra manera: como un abogado penalista sin diploma, un hombre que convirtió la injusticia de los otros en tarea propia y que hizo de su inteligencia un refugio para los perseguidos. No en vano titula el epílogo de su obra “Voltaire y su mensaje aere perennius a los abogados penalistas”: un mensaje llamado a durar más que el bronce y a interpelar la conciencia de quienes tienen poder sobre la libertad ajena.
Como lo recuerda Nodier, la grandeza de Voltaire no se entiende sin el drama de Jean Calas: un anciano comerciante protestante, condenado a morir en la rueda por un tribunal de Tolosa en medio del fanatismo religioso. Todo apuntaba a una gigantesca injusticia y, aun así, casi nadie quería hacerse cargo del caso.
Voltaire, ya enfermo y retirado de la vida pública, decidió entonces convertir esa causa ajena en el centro de su propia vida: estudió el proceso, sostuvo económicamente a la familia arruinada y “convulsionó Europa” hasta lograr que se reconociera la inocencia de Calas. En esa historia -subraya Nodier- se condensa el mensaje más hondo para los penalistas: usar el saber no para acomodarse al poder, sino para disminuir el dolor de la humanidad sufriente.
Nodier, al trazar la figura del hombre de la Edad Media, del Renacimiento y de la Ilustración, muestra que el intelectual ilustrado ya no es un monje encerrado ni un humanista cortesano, sino alguien inmerso en la vida social, comprometido con transformarla. Desde ahí propone una brújula ética tan sencilla como implacable: en este mar de valores contradictorios, pregúntese si lo que hace aumenta el dolor de sus semejantes o lo disminuye. No es una consigna abstracta, sino una pregunta que atraviesa las decisiones cotidianas: una palabra ligera, un juicio apresurado, un silencio cómodo pueden añadir un peso inmenso sobre los hombros de otro.
El Derecho Penal lleva esa pregunta al extremo. Una firma, un concepto, un alegato o una omisión pueden significar años de cárcel, la ruina de una familia, la marca indeleble de la infamia. Por eso, cuando Nodier mira a Voltaire actuando en el caso Calas, no ve solo a un filósofo indignado, sino a un penalista en toda la hondura moral del término: alguien que se planta, casi en soledad, entre la rueda del castigo y el cuerpo frágil del acusado.
Voltaire estaba viejo, enfermo, cómodamente retirado. Tenía fama, dinero, prestigio. Podía limitarse a escribir sobre la tolerancia mientras el dolor seguía su curso a distancia. Pero al conocer la historia de Calas decidió no mirar hacia otro lado. Escribió sin descanso, desnudó las miserias del proceso, removió la conciencia de reyes y ministros, acompañó a una familia que, en rigor, no le debía nada. Cuando le preguntaron por qué se había metido en ese asunto, respondió con una frase que vale por un tratado de ética profesional: “Porque nadie lo hacía”. En esa respuesta late el corazón de la labor del penalista: hacerse cargo precisamente de lo que casi nadie quiere asumir.
Lo más conmovedor del retrato de Nodier es que no nos presenta a un santo. Voltaire era orgulloso, susceptible, a ratos mezquino; tenía barro en los pies. Y, sin embargo, eligió que su vida se midiera no por sus defectos, sino por las veces en que puso su talento al servicio de quien no tenía a nadie. Nodier recuerda cómo, al final de sus días, cuando se revoca otra sentencia inicua -la del general Lally-, Voltaire recupera fuerzas para celebrar que la justicia, por una vez, ha vencido. Entonces el maestro resume ese destino con la vieja sentencia latina: qualis vita, finis ita; como es la vida, así es su fin.
Tal vez ahí resida el verdadero mensaje aere perennius que Nodier ve en Voltaire y dirige a los penalistas -y, en el fondo, a todo lector-: unir el saber a la compasión, la técnica a la piedad. Cada vez que un abogado evita una injusticia, que alguien se niega al linchamiento fácil y prefiere dudar, escuchar, resistir, vuelve a pasar algo de ese espíritu por el mundo. Y entonces la pregunta de Nodier se vuelve íntima: en lo que usted hace, hoy, ¿está aumentando el dolor de los otros o lo está disminuyendo?