La democracia siempre se ha fundado en una promesa radical: la soberanía reside en el ser humano. Desde las ágoras griegas hasta nuestra Constitución de 1991, hemos creído que el poder debe responder ante personas de carne y hueso, iguales en dignidad y voto. Sin embargo, el reciente video. El hombre que controla el mundo. ¿Quién es Peter Thiel? (del periodista argentino Marcelo Longobardi) nos confronta con una realidad brutal: desde Washington, una élite tecnocrática ha decidido que esa promesa es obsoleta y está diseñando un mundo gobernado sin intervención humana mediante sistemas de Inteligencia Artificial (IA).
Peter Thiel, el cerebro detrás de Palantir y la “PayPal Mafia”, lo ha dicho sin eufemismos: “No creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Para él, la competencia es para perdedores y la deliberación popular es una ineficiencia que debe superarse. Con el regreso de Donald Trump al poder en el 2025 esta ideología ha dejado de ser teoría para convertirse en política de Estado. Thiel, quien financió la campaña del 2016 y ubicó a su protegido J.D. Vance en la Vicepresidencia, ha logrado fusionar sus intereses corporativos con el aparato militar más poderoso del planeta.
El peligro no es solo político; es existencial. Desde Washington se maneja el mundo mediante una “tiranía silenciosa”: algoritmos de IA de Palantir -máquinas que aprenden a reconocer patrones, que analizan datos masivos sin supervisión humana- procesan información sobre migración, finanzas y guerra sin que medie un juez o un legislador. El video describe acertadamente estas herramientas como “armas gemelas de esclavitud digital”.
Mientras Facebook captura nuestra atención, Palantir vigila nuestros cuerpos. En este esquema, el ciudadano deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en una variable de riesgo: un dato prescindible en una pantalla de control a miles de kilómetros de distancia. Para América Latina, esto representa una pérdida devastadora de soberanía. Cuando nuestros gobiernos contratan estas tecnologías para “seguridad”, están externalizando decisiones de vida o muerte a cajas negras que nadie votó.
Imaginemos a un joven procesado penalmente cuya condena es agravada no por la evaluación de un juez que analiza su contexto y su arrepentimiento, sino por un algoritmo predictivo que lo señala como “reincidente de alto riesgo”, según criterios procesados en Virginia. Ni él ni su abogado comprenden cómo esa máquina llegó a esa conclusión. Eso es el “mundo sin intervención humana”: un sistema donde la eficiencia técnica de la IA aplasta la empatía y anula el debido proceso. Este modelo es un totalitarismo digital: silencioso, corporativo e imperceptible.
No necesita uniformes ni desfiles; le basta con que aceptemos que la tecnología es neutra. Pero no lo es. Al automatizar la guerra y la vigilancia, Washington y sus contratistas privados están desmantelando los frenos éticos que nos hacen humanos.
Rescatar la democracia hoy exige más que ir a las urnas. Exige un acto de resistencia humanista. Debemos rechazar la narrativa de que el futuro pertenece a las máquinas y recordar que la dignidad humana no es algoritmizable. Si permitimos que el mundo se maneje sin intervención humana, habremos renunciado a lo único que le da sentido a la ley y a la política: la conciencia moral. Desde Manizales hasta el resto del continente, la tarea es urgente: recuperar el control.