El sabio Humboldt descubrió que había unos mosquitos que picaban durante el día, otros al atardecer y otros por la noche, y que estos últimos no podían volar muy alto, motivo por el cual colgaban las hamacas en los árboles altos.
Estamos en el corazón del Parque Nacional Natural Tuparro, mi Parque preferido, que he visitado desde 1977 y en el que viví días de mucha emoción, aventura y exploración.
Desembarcamos en la playa de arena fina y amarilla de la isla Guahibos o Carestía.
Allí, en la base de una gigantesca roca de 100 metros de altura, vive una familia que nos recibe amablemente.
El Parque fue creado en 1970 con el nombre de Territorio Faunístico, extraño nombre que no encajaba con la nomenclatura de los Parques Nacionales.
Decían importantes ambientalistas de la época que ese nombre sonaba a territorio de caza, actividad totalmente prohibida en los Parques Nacionales Naturales y por ello en 1980 se cambió al nombre actual.
Con el cambio de nombre la extensión original de 250.000 hectáreas fue ampliada a 548.000.
Existen dos vías para “atacar” la inmensa roca. Una directamente por la zona central que es casi vertical y otra por el sector izquierdo, según se mira de frente la rocosa pared.
En mis viajes anteriores siempre he subido por la vía frontal que exige nervios de acero por tratarse de una pared que no tiene agarres para las manos. Se sube gracias a la adherencia de las botas sobre la roca granítica.
Un resbalón allí sería fatal y mortal porque la larga caída destroza al escalador en las piedras de la base.
El descenso también lo hacía por el mismo lugar, mirando al vacío en algunos pasos o de espaldas a él en otros. Ascenso y descenso eran riesgosos, pero gratificantes.
Ahora, con el grupo, encaramos ascenso y descenso por el sector izquierdo que tiene una inclinación “manejable”. Atravesamos un bosque y emprendemos el fácil ascenso.
A medida que ascendemos se va abriendo a nuestros maravillados ojos la inmensidad del paisaje del Parque.
La roca está totalmente seca, lo que nos da total seguridad. Llegando a la cima aparecen bien definidos en la roca los estrechos cauces de 10 o 15 centímetros de anchura que el agua marca sobre la roca en época de lluvia.
Sobre el oxidado granito estos caminitos del agua se destacan por el color claro y en algunos casos rojizo.
Llegamos a la cumbre que está a 100 metros sobre el río Orinoco. En ella se mezclan zonas de bosque con espacios abiertos.
Algunas enormes rocas solitarias, totalmente redondas, se asoman al abismo ¿Quién las colocó allí? Se tiene la peregrina idea de empujarlas y verlas rodar al río. ¿Pero quién podría moverlas si deben pesar toneladas?
En uno de mis anteriores viajes tomé la foto a un compañero que se subió a una de ellas y allí sentado contemplaba la inmensidad.
Esa foto ha dado la vuelta al mundo por la espectacularidad del escenario y lleva este texto de Pessoa: “Siéntate al sol, abdica y sé rey de ti mismo”. El compañero fotografiado es Mauricio Soler.