Hoy hace 57 años, abril 4 de 1968, fue asesinado Martín Luther King, líder del movimiento que reclamaba con medios no violentos derechos civiles para las comunidades negras estadounidenses y eliminar la discriminación racial.

Su acción más célebre fue la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad en agosto de 1963, en la cual participaron cerca de 300.000 personas de diversos grupos étnicos, mayoritariamente afroamericanos.

Al final pronunció su célebre discurso “Tengo un sueño”, que inculcó conciencia de igualdad en todos los Estados Unidos.

La víspera del crimen, pronunció en Memphis, Tennessee, una alocución premonitoria conocida como “He estado en la cima de la montaña”, algunas de cuyas frases son: “Algunos han comenzado a […] hablar de amenazas. ¿Qué me podría ocurrir por parte de uno de nuestros malvados hermanos blancos?… Como todo el mundo, a mí me gustaría vivir mucho tiempo. La longevidad es importante, pero eso es algo que ahora no me preocupa. Yo solo quiero cumplir la voluntad de Dios. […] Estoy muy feliz esta noche. No tengo ningún temor. No tengo miedo de ningún hombre. ¡Mis ojos han visto la gloria!”.

Menos de 24 horas después, fue inmolado por el segregacionista blanco James Earl Ray, un delincuente de largo prontuario que odiaba el movimiento por los derechos civiles.

Estaba convencido de que al acallar la voz de Martín Luther King pondría fin a la búsqueda de igualdad social, cultural y política en el inmenso país.

En menos de cinco años se cometieron tres magnicidios en los Estados Unidos: el primero contra el presidente John F. Kennedy y el tercero contra su hermano Robert, candidato presidencial, apenas 62 días después de la muerte de King.

Desde aquellos trágicos episodios, muchas cosas han cambiado en la gigantesca nación. Entre otras, la inexorable pérdida de las conquistas del movimiento por los derechos civiles y la ausencia de líderes de la talla de los sacrificados.

Hoy se halla en manos de un tenebroso triunvirato encabezado por Donald Trump, ganador fraudulento de sus primeras elecciones, instigador de asonadas, primer presidente convicto de su historia, por numerosos delitos que no fueron impedimento ético, ya que no legal, para reelegirlo.

Será equiparado por la historia a criminales contemporáneos como Putin, Netanyahu, Kim Jong-un, Ortega, Maduro, Díaz-Canel y otros de la misma pelambre.

Lo secunda James David Vance, exponente de la más odiosa y nefasta caverna, impulsor de las más tremebundas propuestas para suprimir cualquier libertad que se aparte de su pensamiento. Es una especie de Gustavo Bolívar godo.

El tercero, no menos temible, es el administrador del Departamento de Eficiencia Gubernamental de la Casa Blanca, Elon Musk, quien a pesar de ser él mismo inmigrante, no vacila en respaldar las deportaciones masivas. Este sudafricano blanco se crió bajo las enseñanzas del apartheid y siendo además el hombre más rico del mundo no tiene claro el concepto de igualdad.

Ahora son los inmigrantes indocumentados; luego serán los documentados. Después se ensañarán contra las etnias negras e indígenas y las minorías raciales, y así, poco a poco, se acercarán al genocidio.

Y ya no hay un Martín Luther King que alce su voz para denunciarlos, aun a costa del sacrificio de su vida.