La Navidad es fiesta de renovación en la fe y en el amor, en la que postrados ante el pesebre en el que año tras año nace la luz que ilumina al mundo desde los comienzos de la Iglesia primitiva, contemplamos la llegada del Salvador que inunda nuestras vidas de esperanza y gozo. La Navidad es tiempo para celebrar en familia, compartiendo el milagro de la encarnación, con el que se cumplió lo dicho por el profeta: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo que será llamado Emanuel”, que significa Dios con nosotros. La primera referencia al 24 de diciembre como el día en que el Niño Jesús nació, está cerca del año 336 d.c., año que el emperador Constantino declaró como fecha oficial para su celebración.
Recibirla requiere, ante todo, hospitalidad emocional. No se trata solo de armar el pesebre, si aun lo hacemos, sino de desechar de nuestras mentes la soberbia, los odios, rencores y egoísmos, agradeciendo a ese niño todo lo bueno de Él recibido. Es el momento de apagar las pantallas para encender las miradas, permitiendo que el encuentro con nuestros seres queridos sea auténtico y sin distracciones.
Como la Navidad celebra el nacimiento como el inicio de lo nuevo, es también momento de volver a empezar, en el convencimiento de que ninguna situación es definitiva y que siempre hay espacio para que esa nueva luz entre, cambiando nuestras vidas y fortaleciendo la interrelación con los demás, en la casa, en el trabajo, permitiendo que su mensaje de paz y fraternidad penetre hondamente en nosotros y sea el motivo que nos aliente a recibir el año venidero con mayor propósito, generosidad y, sobre todo, con la alegría propia de la inmensa fe que le profesamos al Divino Niño.
Estamos en la antesala de un 2026 decisivo, marcado por las elecciones, primero, las legislativas y luego, la presidencial, en medio de una atenazante polarización acompañada igualmente, de una preocupante incertidumbre económica. Dadas las actuales circunstancias, el tema político en la mesa de Noche Buena es inevitable, por lo que el principal reto será desarmar la palabra para que su discusión no sea factor de división. La actitud debe ser la de proteger los vínculos afectivos por encima de las ideologías, cuidando que la diferencia de opiniones no signifique la ruptura del afecto.
Nuestra sociedad enfrenta singulares desafíos por las desigualdades persistentes, razón para que en esta Navidad 2025 no seamos indiferentes con el prójimo que sufre, y que el 2026 que llega lo recibamos con una mentalidad abierta y positiva, dispuestos a defender nuestra amenazada democracia, entendiendo que el momento exige de la participación de todos nosotros, ante la incompetencia total de un Gobierno absolutamente corrupto.
Comprometámonos con una sincera reflexión sobre el país que queremos, no esperando un “salvador” en las urnas, sino una persona capaz, que nos señale el norte perdido. Que la fiesta de Navidad nos recuerde, que el “nacimiento” de una nueva Colombia depende de nuestra ética diaria y de nuestra disposición de votar a conciencia por los mejores que integren las listas al Congreso y por el candidato o candidata mejor preparada para asumir las riendas de esta convulsionada patria. Que la luz de estas fiestas nos ilumine el camino hacia una democracia más madura, más justa y sobre todo, honesta. Feliz Navidad.