Los gobiernos que limitan el pluralismo político y la independencia de las instituciones sin duda alguna son gobiernos autoritarios. Se diferencian de los regímenes totalitarios en que limitan dentro de un cierto margen a la oposición, no pudiendo controlar las otras ramas del poder; como la legislativa y judicial. Son eficaces al manipular o censurar la información periodística, con miras a difundir una visión oficial y silenciar las críticas, suprimiéndoles la pauta publicitaria, con la cual, hoy, es imposible subsistir.
En América Latina, con la “extracción” de Nicolás Maduro, hecho producido por EE. UU., no queda sino Nicaragua con Daniel Ortega, quien cogobierna con su esposa, Rosario Murillo, en una clara dictadura familiar. En Colombia, pese a haber sido elegido Gustavo Petro en elecciones libres de manera democrática, su Gobierno ha sido caracterizado por rasgos o derivas autoritarias, sosteniendo que sus acciones se enmarcan dentro de la institucionalidad para lograr reformas sociales. Existiendo una clara separación de poderes, fustiga y exacerba a las otras ramas del poder cuando, por ejemplo, el legislativo niega sus proyectos de ley y el judicial no valida sus desafueros constitucionales.
Obedeciendo a sus impulsos emocionales, procede a revivirlos a través de decretos reglamentarios en abierta contradicción con el juramento prestado de obediencia y respeto a la Constitución. Siendo por su condición de jefe de Estado el responsable de la “unidad nacional”, convoca al “pueblo” a las calles a respaldar sus decisiones, manteniendo un clima de abierta confrontación y polarización. “La Paz Total” su bandera insignia, con la que ha pretendido poner fin al conflicto armado, negociando con grupos armados y criminales de alto impacto, lo que busca realmente no es someterlos a la justicia, sino, todo lo contario, someter la justicia al imperio de los hampones.
En el 2023, cumplido un año de su Gobierno, se presentaron 94 masacres, con 189 líderes asesinados y 42 firmantes de paz. Finalizando el 2025 el país volvió a vivir tomas a pueblos de Cauca, Nariño, Valle y Catatumbo, entre otros, dejando un total de 1.273 ataques terroristas frente a 1.126 en el 2024 y pasando de 313 secuestros a 559 en el 2025, un aumento cercano al 80% como lo demuestran cifras del Ministerio de Defensa, delitos que parecían del pasado.
Estos lamentables hechos, precipitaron la descertificación de Colombia por las autoridades estadounidenses, que consideraron que de nada sirvió los cientos de millones de dólares entregados para combatir el flagelo del narcotráfico. Si bien Petro saca pecho por la incautación de drogas bajo su Gobierno, aduciendo que la cifra es mayor a la del Gobierno Duque, olvida que el aumento de los cultivos pasaron de 184.000 hectáreas a 300.000 bajo su Gobierno, razón para haber mayor incautación.
¿Qué espera entonces nuestra clase política para enfrentar con responsabilidad y decisión este nefasto Gobierno? ¿A cuatro meses de la elección presidencial será mucho pedir a nuestros dirigentes que tengan sindéresis y cordura, cuando la sindéresis es una sólida columna que soporta la moralidad, y la cordura es su ejercicio equilibrado? ¿No es un riesgo alto esperar a unirnos en segunda vuelta cuando deponiendo egos podemos derrotar esta corrupta izquierda en primera vuelta, con un amplio margen electoral?
Quiera Dios ayudarnos a cerrar el fatídico camino de la izquierda dañina, que tanto mal le ha traído a países hermanos de América Latina.