El alza irresponsable del 23,7% del salario mínimo no tiene intención distinta a empujar el voto popular en un año electoral como lo es el que recién inicia. Nadie, por obtuso que sea, se va a oponer a que la calidad de vida sea mejorada en todo sentido.
Las clases altas y el empresariado saben perfectamente bien que sus empleados rinden más, al trabajar estimulados por la buena paga, en un ambiente tranquilo y de abierta camaradería. De ahí que los obreros, el campesinado y empleados en general, estén celebrando este alto incremento como un verdadero logro social, “regalado” por el Gobierno progresista, encabezado por el “amigo del pueblo”, el presidente Petro.
Tamaño engaño cuyo efecto real será percibido en toda su magnitud con el pasar de los días, pues ese mayor valor a recibir con relación al salario anterior, nunca compensará la carestía que sobrevendrá por la alta inflación, la cual no tuvo en cuenta el “dispensador de tan grave daño”. La inflación es el aumento sostenido de los precios en los bienes y servicios, causando pérdida del valor adquisitivo del dinero, afectado por factores diversos como el dólar, costos de importación, oferta y demanda, significando además, que pese al aumento del salario, muchas menos cosas se podrán adquirir con lo que se ganaba antes del incremento.
Un mayor salario aumenta los costos de producción, que finalmente serán trasladados al consumidor. Como respuesta a esa espiral alcista, el Banco de la República necesariamente tendrá que subir los intereses, afectando por ejemplo el pago de la vivienda cuya deuda crecerá por esos claros motivos. Tan generosa fue el alza del salario, que superó por 7 puntos porcentuales la petición de los sindicatos, algo totalmente inexplicable, de no ser por el afán de Petro de ganarse el voto de las clases populares, a escasos meses de las elecciones.
Las micro, pequeñas y medianas empresas, que representan el 90% del tejido empresarial del país, lo pensarán dos veces antes de contratar nuevos empleados, si no es que tienen que reducirlos, aumentando enormemente la informalidad. No es de extrañar que ante el desmesurado aumento salarial que presionará el alza de los costos de producción, los importados tengan mayor salida, golpeando la producción nacional.
Ante este desolador panorama, las demandas no se harán esperar, existiendo antecedentes como el del 2017, cuando el Consejo de Estado declaró la nulidad del decreto que fijó el salario mínimo en el 2016, y cuyo porcentaje aplicado fue del 7%. El momento que hoy vive el país es de inmensa incertidumbre, por lo que me temo que la alta Corte se abstendrá de anularlo, para evitar que Petro convoque a “su pueblo” a las calles a defender su alza salarial, que es lo que a mi juicio pretende, y de esta manera, incendiado el país, cancelar las elecciones.
No contento con todo el daño causado desde su posesión como presidente, Petro de nuevo pone en jaque la economía con sus intenciones populistas, sin importarle un higo la suerte del país. Este engañoso y envenenado aguinaldo navideño con el que Petro sorprendió a la clase trabajadora, haciéndole creer que con el alza le está permitiendo cubrir de mejor manera sus necesidades básicas, se le devolverá como un búmeran, apenas empiecen a sentir el impacto de su demagoga decisión. Es la receta de Chávez en Venezuela, y ya sabemos, de sobra, qué ha pasado allá.