No es raro que Petro salga a defender a sus amigos negando de plano las irregularidades cometidas por ellos frente a denuncias sustentadas con pruebas y a quienes solo ha sostenido en el poder bajo la única exigencia de su lealtad personal hacia él, por encima de sus condiciones, habilidades profesionales, trayectoria o ajuste a los requisitos legales para su desempeño en la administración pública, mientras acusaciones en su cuenta de X contra sus opositores sin fundamento, debe luego rectificar por orden judicial.

Es la realidad que ha demostrado en estos cerca de 40 meses en el primer cargo público de la Nación, ahora frente al nuevo escándalo de la presunta infiltración de las disidencias de alias Calarcá dentro a las fuerzas militares con señalamientos concretos a personajes cuestionados anteriormente, “resucitados” al ejercicio público por Petro, ocupando altas posiciones claves para la seguridad nacional dentro de la Dirección Nacional de Inteligencia, el Ejército Nacional y la administración pública. Obviamente la reacción de los señalados dentro del informe de la unidad investigativa de Caracol, ampliamente difundido, solo ha contado con su rotunda negación como siempre ocurre, no asumiendo su responsabilidad y disposición de demostrar su inocencia ante la justicia, que sería la única indicada para ello.

Es parte de la situación que hoy enfrenta nuestro país con una Administración caracterizada en lo corrido de su período constitucional por escándalos como el presente y la mayoría de ellos sin clarificarse ante una institucionalidad que ya debería haber tomado decisiones contundentes frente a los responsables identificados, sin que así haya sucedido. La verdad y en concordancia con las evidencias, debieran haber rodado muchas más cabezas.

Por lo pronto, en este mes de diciembre, cuando renovamos la esperanza de restauración del género humano al conmemorar el nacimiento del Hijo de Dios que partió la historia en dos hace 2025 años, es hora de hacer un paréntesis y tratar de disfrutar esta época tradicional de paz y amor, en la medida de nuestras posibilidades y de nuestra actitud positiva para ello. Eso sí, los colombianos de bien deberíamos aprovechar esta temporada de reflexión para pensar con cabeza fría y despojarnos de cualquier interés diferente al bien de nuestra patria, Colombia, frente a la coyuntura que se nos presenta para el próximo año electoral, para que analicemos las opciones que mejor se acomoden al sueño de país que anhelamos en los cuatro años siguientes al 7 de agosto del 2026.

La invitación es que brindemos desde ahora el apoyo a la alternativa que procure y convoque al máximo la unidad y reconciliación, por supuesto sin impunidad respetando el derecho a las víctimas afectadas con verdadera justicia, posibilidad de reparación y ante todo, garantía de no repetición que propenda por una mayor armonía, bienestar, más oportunidades, generación de empleo productivo y generador de riqueza, seguridad, salud, educación, administración pública con ejecución presupuestal transparente y eficiente, sin burocracia improductiva y sobre todo con claridad sobre cómo lo va a hacer.