El hombre que rozó el poder
Señor director:

La historia de Gabriel Turbay no pertenece al archivo muerto de la política colombiana. Es, por el contrario, una clave para entender la coyuntura actual. Turbay no perdió una elección, fue derrotado por una sociedad que no estaba -ni está- dispuesta a permitir que el poder se descentre de sus apellidos tradicionales, de sus códigos sociales y de sus lealtades históricas. Colombia sigue siendo un país racista y godo, aunque hoy lo niegue con mayor sofisticación. En el escenario político actual ese patrón se repite con distintos protagonistas. Se exige “experiencia” cuando el candidato no pertenece a la élite, pero se tolera la improvisación cuando el apellido es correcto. Se habla de institucionalidad para frenar proyectos incómodos y de “riesgo país” cuando el poder amenaza con redistribuirse. La vara no es la misma para todos, y nunca lo ha sido.
Los grandes medios de comunicación, que deberían garantizar la deliberación pública, operan muchas veces como guardianes del statu quo. Definen quién es “moderado”, quién es “peligroso” y quién merece ser escuchado. Las élites económicas, por su parte, financian narrativas que preservan sus privilegios mientras acusan de radicalismo a cualquier propuesta que cuestione la desigualdad estructural. No es una conspiración, es una dinámica histórica. La polarización actual -encarnada en figuras que despiertan adhesiones viscerales y rechazos automáticos- no es solo ideológica. Es una disputa entre quienes siempre han tenido acceso al poder y quienes intentan abrirlo.
En ese contexto el discurso moralista se usa para deslegitimar, y el miedo se convierte en herramienta electoral. No se discuten ideas, se estigmatizan personas. Incluso dentro de los partidos tradicionales la lógica sigue siendo excluyente. Se promueven liderazgos dóciles y se castiga al que incomoda. El mensaje es claro: se puede aspirar, pero no transformar; se puede competir, pero no alterar el orden. Exactamente lo que le ocurrió a Gabriel Turbay.
Colombia no tiene un problema de falta de liderazgos, sino de exceso de prejuicios. Mientras el país siga eligiendo desde el temor, el clasismo y la conveniencia de unos pocos seguirá produciendo figuras que rozan el poder, pero nunca lo ejercen plenamente. La historia no se repite por accidente, se repite porque no hemos tenido el coraje de romperla.
Miguel Ángel Hoyos Zuluaga

Muy grave la crisis
Señor director:

En la Nueva EPS ha llegado a tal punto la crisis y el descuadernamiento de la misma, que el local para atención a los pacientes situado en la carrera 21 con calle 28 fue desocupado y en sus puertas aparece el aviso de “se arrienda”. A mí, como a muchos enfermos, en ese espacio, la sede de nuestros lamentos, éramos bien atendidos porque no había tanta congestión y por esto quedamos “más tristes que el diablo”. ¿Qué vamos a hacer los afiliados sin una buena sede y sin medicamentos? Será como decía un comediante, pedir turno en jardines del olvido a ver si allí nos atienden mejor.
Bernardo Molina Marulanda

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