Cuando la desesperación se confunde con libertad
Señor director:

Hace algunas semanas, LA PATRIA publicó la historia de Jackeline, una mujer que padece miotonía congénita (Thomsen y Becker), enfermedad que provoca rigidez muscular dolorosa y dificulta acciones tan básicas como caminar, levantarse o sostener objetos. El artículo relataba su drama: durante meses luchó para que su EPS le suministrara la Mexiletina, medicamento fundamental para controlar sus síntomas. Sin tratamiento, el dolor y la limitación física se intensificaban. La incertidumbre era permanente. El desgaste emocional, profundo. En ese contexto inició un proceso de eutanasia. No porque estuviera en fase terminal. No porque no existiera manejo médico posible. Sino porque el cansancio de pelear por lo mínimo la llevó a un punto límite.
Luego ocurrió algo decisivo: la EPS autorizó el medicamento. Con el tratamiento, su dolor disminuyó aproximadamente en un 30%. Y Jackeline decidió no continuar con el proceso de eutanasia. Este dato cambia por completo la lectura del caso. Cuando el sufrimiento disminuye, también disminuye el deseo de morir. Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué tan libre es una decisión de muerte cuando nace del abandono? La eutanasia es legal en Colombia. Pero la legalidad no elimina la obligación ética de preguntarnos si estamos ofreciendo la muerte como salida donde antes debimos garantizar cuidado, tratamiento oportuno y acompañamiento integral.
Si una persona pide morir porque no logra acceder a su medicamento, el problema no es su dignidad: es la falla del sistema que debía protegerla. Una sociedad verdaderamente humana no se mide por la rapidez con la que tramita el final de una vida, sino por la firmeza con la que sostiene al que sufre. El caso de Jackeline demuestra que había alternativa. Que el alivio era posible. Que la desesperación no era irreversible.
Antes de normalizar la muerte asistida como respuesta, deberíamos asegurarnos de que nadie llegue a solicitarla por cansancio, por abandono o por falta de apoyo. La vida no es un procedimiento. No es una carga que se gestiona. No es un problema que se elimina. La vida es un don. Y aunque la ley regule su final, conviene recordar algo esencial: no somos dueños absolutos de ella. Amarla, incluso en la enfermedad y en la fragilidad, es lo que nos mantiene humanos.
Clara Inés Llano Uribe

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