Señor director:
La máxima de que “todo lo que la economía paga en salarios se devuelve a ella misma” ha operado durante décadas como un dogma de fe en la retórica política. Inspirada en una lectura parcial de la noción de capital circulante de Adam Smith, sugiere un flujo virtuoso donde el gasto salarial alimenta automáticamente la demanda. Sin embargo, esta formulación presupone condiciones que rara vez existen en la economía real de la pequeña empresa colombiana. Allí, el círculo virtuoso degenera en un uróboro: una serpiente que, al intentar alimentarse de su propia cola, termina devorando el tejido que la sostiene.
El primer quiebre aparece cuando el aumento salarial se utiliza como un “comodín político”. Este destello nominal ignora que incluso las políticas de estímulo más heterodoxas parten de una condición básica: la existencia de capacidad productiva ociosa. En economías sanas, el trabajador puede consumir más porque antes produjo más riqueza, o porque existe margen real para expandir la oferta. Cuando el aumento es decretado y supera la productividad se produce un cortocircuito: el trabajador recibe más billetes, pero la oferta de bienes no crece. No importa cuántos ceros tenga el cheque; si la producción real está estancada, el esfuerzo humano necesario para adquirir un bien se multiplica.
Lejos de la caricatura del explotador, el pequeño empresario actúa muchas veces como amortiguador social, asumiendo pérdidas silenciosas para evitar el conflicto o la disolución del vínculo humano inmediato.
Cuando la presión del uróboro se vuelve insoportable, la salida es el retiro: “ni pa’ Dios ni pa’ sus santos”. El cierre de estas empresas, o su desplazamiento hacia la informalidad, confirma que el mercado laboral siempre termina autocorrigiéndose, pero rara vez lo hace de manera virtuosa. El ajuste ocurre destruyendo capital social, conocimiento acumulado y trayectorias productivas que tardaron años en formarse.
Forzar la prosperidad mediante decretos, sin comprender que la riqueza nace de la producción y no del signo monetario, conduce a un estado de anemia permanente. El brillo efímero del aumento salarial apenas logra ocultar una realidad cada vez más precaria, donde el sistema se consume a sí mismo mientras finge avanzar.
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
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