En pleno Centro de Manizales una biblioteca resguarda libros e historias. Los visitantes y trabajadores son quienes dan vida al Centro Cultural Banco de la República. Un espacio donde interactúan personas de todas las edades alrededor de los libros y actividades gratuitas que ofrecen durante todo el año de lunes a sábado.  

Fotos l Luis Trejos l LA PATRIA En pleno Centro de Manizales una biblioteca resguarda libros e historias. Los visitantes y trabajadores son quienes dan vida al Centro Cultural Banco de la República. Un espacio donde interactúan personas de todas las edades alrededor de los libros y actividades gratuitas que ofrecen durante todo el año de lunes a sábado.  

¿Qué hace exitosa una biblioteca? Que la habiten. En el Centro Cultural Banco de la República comienza todo a las 8:20 de la mañana, 10 minutos antes de que abran sus puertas. Tres adultos de más de 50 años esperan sentados en la carrera 23 de Manizales hasta que les permiten ingresar. Entran y se sientan en la sala del primer piso a leer el periódico.        

Al mismo tiempo, William Ospina Mejía expone los libros nuevos en la vitrina de Libélula libros, tres horas antes de que deba cubrirlos del sol que se proyecta en el local y que aprovechan cinco mujeres adultas sentadas en el jardín vertical de la biblioteca. 

Otros usuarios arriban a la recepción y reclaman sus libros prestados. Algunos de estos volúmenes llegaron días antes desde otras sedes en Colombia. Y en la cafetería Ferrocafé comienza a oler a tinto recién hecho.    

Los niños llegan a las 2:30 de la tarde acompañados de sus cuidadores para el taller Leyendo con mi bebé, que ocurre después del reposo de algunos trabajadores del Centro de Manizales, quienes almuerzan en el Banco y se quedan
unos minutos en la sede antes
 

A las 4:00 arranca el taller de acuarela, el favorito de Gerardo Ortiz, quien desde que está jubilado lo considera un momento solo para él. “Me aleja de todo”, explica. Estefanía Molina se sienta en la sala infantil, media hora antes del taller de cuento, con sus dos hijos, Ana e Isaac, de 7 y 4 años, donde conversa de maternidad con otras cuidadoras. 

Todo sucede en medio de 100 mil ejemplares que reposan en los anaqueles, unos cuantos en las manos de alguno de los 300 mil visitantes que reciben al año.   

“Este es un lugar para leer, enamorarse, jugar, comer, pintar e investigar”, dice Víctor Jurado, profesional junior del Banco por 14 años. 

 

Para leer

Los señores que leen en las mañanas los periódicos están organizados. En caso de que lleguen todos al mismo tiempo, tienen un acuerdo tácito para turnarse las sillas, los impresos e incluso la llenada del crucigrama. Aunque hay quienes a veces se llevan la prensa a otros puntos de la biblioteca para leer solos. Entonces los colaboradores del Banco deben ir hasta ellos para recordarles compartir. 

Jahir Ramírez Martínez, de 56 años, lleva dos asistiendo todos los días y no tiene problema en rotar los impresos. “Me gusta venir. La mayoría somos hombres y a veces veo cómo algunos se quedan dormidos mientras leen”.

Otros prefieren llegar en la tarde y evitar el tema de los turnos, como Fernando Hoyos González, quien viaja a diario de Neira a Manizales y se queda hasta que cierran. “Soy gestor cultural y hago investigaciones del municipio en la biblioteca. Luego vengo a leer el periódico y siempre encuentro gente agradable. A veces hablamos entre nosotros”.

Para José Fernando Ocampo, de 69 años, la biblioteca es un lugar para leer, llenar el sudoku y pasar el rato. Siempre está de lunes a viernes, después de las 4:00 y hasta las 6:00. “A veces pienso que los ciudadanos no nos damos cuenta de estos espacios que son para el disfrute nuestro. Vengo y me hago en el puesto que encuentre desocupado para leer el periódico, sobre todo a los columnistas porque son atrevidos. Aquí es agradable, pero hay cosas que el Banco debería corregir. Por ejemplo, hay gente que viene a hablar por teléfono y grita, otros ponen música duro. Debería haber un control más estricto para que los demás nos podamos concentrar en la lectura”.
 

 


Todos los días la biblioteca ofrece gratis periódicos y revistas regionales y nacionales para que las personas puedan leerlos en la sala del primer piso.

 

Para aprender jugando  

Los miércoles a las 2:30 en punto, en la biblioteca infantil del tercer piso, la pedagoga y educadora preescolar Claudia María Arias llama a los niños y sus cuidadores para que se le acerquen. En total son 29 asistentes, 19 acudientes, todas mujeres, 8 niños y 2 bebés. 
 

Todos se ubican alrededor de la profesora. Ella empieza a tocar una pandereta para llamar la atención de los infantes, quienes la siguen con la mirada mientras se mueve por el salón cantando: 

“Buenas tardes…

buenas tardes…

cómo están…

cómo están…

Gusto en saludarte…

gusto en saludarte…

din don dan…

din don dan”.  

Después, la profe saca de su delantal un peluche de león que utiliza para introducir el libro del día: Qué le pasa a mi cabello. Muestra la portada y empieza la lectura a través del juego. “Había una vez Leonel el león…”.  

Fotos l Luis Trejos l LA PATRIA Los miércoles en la tarde, la sala infantil de la biblioteca se llena de niños y sus cuidadores para disfrutar del taller Leyendo con mi bebé.
 

Hay niños que se sientan en las piernas de sus madres todo el taller, otros a un lado  sin soltarlas de la mano. Algunos se atreven a hacerse solos y hay quienes responden tímidos a la invitación de pasar al frente para poner su rostro en el libro. También están los que no tienen problema en repetir ese pedido, los que gritan con los cambios dramáticos de la historia, los que se ríen duro y los que se distraen en algún punto del relato y desvían su mirada un rato.  

Uno de los más atentos es Facundo Gutiérrez Vallejo de 17 meses. Él se atreve a tocar los instrumentos y a pintar con las manos al tiempo que su abuela Claudia Villegas Yepes, quien trabajó 37 en el Banco, lo registra todo para mostrarle a la familia la hazaña. 

“Gozamos viéndolo y enviamos las fotos porque es una dicha para todos verlo feliz interactuando con niños y libros. Hace una semana lo trajimos por segunda vez y reconoció los dibujos, el salón y llegó directo al punto del taller. Aquí podemos estar las mamás, las abuelas y las tías con ellos. Y nos llevamos en la memoria estos cantos y actividades que luego vemos en la casa. Es bello ver ese aprendizaje.  De hecho, lo acabamos de hacer socio para pedir libros prestados”. 

La lectura en el taller se alterna con canciones, juegos, dibujos y gestos colectivos. Todos tienen permitido estar. Incluso quienes no superan el año de vida como Abby García Grajales, de 8 meses, quien asiste por primera vez con su madre, Jeny Carolina Grajales Villa, de 29 años. 

“A pesar de ser la más pequeña vi que miraba a los demás niños, interactuó con los materiales y todos estuvieron muy pendientes de ella. La traje porque vi que una amiga vino todo el año pasado con su hija Michelle y ahora a ella le encanta leer y es superinteligente. Entonces siento que es un compromiso con Abby para que se involucre desde pequeña con la lectura. Que ella ame los libros es mi compromiso”. 

Otros niños y cuidadores destinan, desde hace años, las tardes de los miércoles para estar en la biblioteca. Por eso para Katerine Martínez García, los libros significan acompañamiento. Desde hace dos años y medio lleva a su hija Gabriela, de 4, y siempre piden prestado un libro nuevo que leen antes de dormir. 

“Ha sido una experiencia maravillosa. No solo ha fortalecido su amor por los libros, sino también su imaginación. La biblioteca es un espacio seguro, creativo y muy valioso”. 

Luciana Valencia Naranjo, de 10 años, también se acostumbró a asistir semanalmente y llegar caminando desde el barrio Los Agustinos con su abuela. “Conocí esto hace un año. Vinimos a la inauguración de una exposición y vimos la biblioteca infantil. Me gustó la cantidad de libros y juegos que vi. Me gusta venir aquí porque es un lugar para distraernos y no estar tan pegados a las pantallas”. Su abuela la acompaña al taller de cuento, luego juegan juntas y conversan un rato antes de regresar a pie a la casa. 

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado”, dice la profe mientras los niños y sus acompañantes aplauden el cierre. “Un libro es por excelencia un mundo o muchos mundos posibles. Por lo tanto, abrirlo es algo mágico”, concluye la tallerista. Recoge todos los materiales y se prepara para el siguiente curso de lectura del día. Durante 25 años de trabajo, ella ha descubierto la misma capacidad de maravillarse y asombrarse en la biblioteca en niños, adolescentes y adultos. 


La tallerista Claudia Marías Arias lleva 25 años cautivando a los niños con la lectura como a Gabriela Candelo de 4 años.


 

Para permanecer 

Sin embargo, no todos los cuidadores pueden pasar la tarde con sus hijos o nietos. Porque trabajan hasta las 5:00 o 6:00, que es cuando el Centro Cultural cierra sus puertas.  

A pesar de esas jornadas laborales, los bibliotecarios empezaron a notar que varios cuidadores consideraban la biblioteca un sitio seguro desde hace años. 

Todos los días, por ejemplo, a las 2:00 de la tarde llega Gerónimo Díaz, de 15 años, acompañado de su abuelo desde el barrio Guamal, a unos 45 minutos a pie del Banco. Los bibliotecarios lo reconocen y verifican que se quede hasta que vuelva su acudiente, mientras el adolescente aprovecha el internet gratis de los computadores para jugar, hacer sus tareas y a veces leer un libro. 

“Vengo todos los días desde los 6 años, mi abuelo me deja acá y se va a hacer sus vueltas. Cuando estoy estudiando vengo solo en las tardes, pero en vacaciones sí vengo todo el día. Me gusta aquí porque siento la relajación después de estar estudiando toda la mañana. Lo que más me gusta es poder conocer gente nueva, tengo amigos aquí”. 

Otro caso es el de Yenny Gómez, quien asiste con sus hijos a la biblioteca y en una ocasión le confesó a la bibliotecaria que cuando era adolescente solía ir a la biblioteca sola a hacer sus tareas. No era la mejor en matemáticas y don Alonso Parra, un trabajador de la biblioteca que ya falleció, le ayudaba a terminar sus trabajos. Ahora, ella tiene el tiempo de ir con sus hijas y continuar su proceso formativo en el salón infantil.

No necesariamente todos los niños y adolescentes que visitan el edificio leen libros cada vez que están allí, pero sí se acostumbran a estar rodeados de ellos. Cada tanto se animan a abrir uno nuevo y se familiarizan con ese objeto milenario que está a su alcance sin costo y en buenas condiciones.   
 

Para todos 

La biblioteca está viva y es algo que ha comprobado Willi, durante 9 años, en la sede de Libélula Libros del Banco. “Lo puedo constatar porque lo vivo a diario, tanto que me volví un ciudadano más consistente de que esta es una biblioteca de uso público. He visto como muchos consultan libros, luego piden prestados esos materiales y después vienen a la librería para poseerlos”. 

En el local de 2,30 metros de ancho y 3 m de largo, se encuentran además de las novedades literarias, materiales exclusivos del Banco, en su mayoría catálogos de exposición a bajos precios para el público. Desde su apertura, se ha convertido en un cubículo relevante para clientes, cuya vida transcurre únicamente en el Centro de Manizales. 

“Desde el comienzo aprendí algo. Hay gente que frecuenta este espacio, que coincide y dice que hay dos ciudades y que a la otra no van. Es un asunto incluso de clase. Ellos son los que me han dicho que estos lugares hacen que cambie su perspectiva de ciudad. Eso lo he aprendido a valorar. El Centro es la ciudad para ellos y son en su mayoría personas mayores de 50 años. Vienen aquí porque su vida es aquí”, se sorprende Willi.   

Él tiene 40 años, lleva 16 viviendo en Manizales y 9 en Libélula. Es amable, prudente y varios clientes lo consideran un “peligro” por su poder de convencimiento cuando recomienda un libro. Mantiene el local impecable, sacude todos los días, cubre los libros del sol, los organiza, conversa con los visitantes, entrega indicaciones a los que están perdidos y cuando le queda tiempo, relee sus libros favoritos. Sin embargo, aún no se considera librero.

“Me falta mucho, es muy difícil. Serlo es aprender, diariamente, lo que la gente quiere leer de la realidad. Es ser intérprete, saber en cuáles libros está la continuación de esa idea, interpretación o necesidad que tiene el lector. Todavía no lo soy, aunque intento dar alma a este espacio como lo merece toda librería y es en lo que me esfuerzo a diario”. 

Con o sin certeza de cargo, Willi orienta a quien llegue a visitarlo. No es obligatorio comprar ningún libro o saber exactamente cuál leer porque en ese cubículo y en los ocho pisos más del edifico con textos literarios, de no ficción, cómic, técnicos, infantiles y más, siempre hay alguien a quien acercarse y preguntar. Personas que se toman tan en serio su trabajo que apenas es comprensible y justo, que se fijen solo en los títulos que importan: los de los libros.  

 


William Ospina Mejía es quien da vida a la sede de Libélula Libros en el Banco. Lleva 9 años en la librería recomendando lecturas a los visitantes.

La biblioteca conserva innumerables historias en sus archivos, pero sus trabajadores también atesoran anécdotas que forman parte de la memoria del sitio. 

“Nosotros no tenemos derecho a disfrutar del espacio público de la ciudad”, recuerda Víctor Jurado, trabajador del Banco, citando la frase que le expresaron integrantes de la población LGBTIQ+ de Manizales. “Eso nos impactó mucho, por eso nos esforzamos en que todas las personas que quieran, puedan habitar la biblioteca y se sientan cómodos. Estos son espacios que transforman la ciudad en medio de tanta hostilidad”. 

Jurado reflexiona también sobre la frase “la cultura cambia vidas" y aunque reconoce que suena a frase de cajón, asegura que se ha dado cuenta que es real. “Por ejemplo, en el taller de escritura creativa conocimos a don Jorge, de 65 años. Él venía cada 8 días y en su vida profesional trabajaba en un parqueadero cuidando carros. Era muy bueno para escribir y sucedió algo muy lindo. Supimos que entre los demás asistentes recogieron dinero y le regalaron un computador. Él comenzó a escribir más y ya ha publicado cuentos y hasta un libro. Y ahora no solo cuida los carros, sino que es el administrador del local”.

Otro caso es el de una mujer que era trabajadora sexual, a quien invitaron a ser parte de la exposición El rigor de la mirada. “Las primeras veces me preguntaba curiosa: qué es arte, por qué eso es arte. Y meses después la vi en el primer piso haciendo un recorrido guiado a sus compañeras de trabajo. Ella se apropió del edificio y les hizo todo un tour. Eso me llenó de alegría y orgullo porque el edificio es para eso. Es muy lindo ver cómo crean parte de su historia a partir del Centro Cultural. Ahora ella es activista por los derechos de las trabajadoras”, anota Jurado. 

Debido a la diversidad de actividades que propone el sitio y la cantidad de maneras en que sus visitantes y trabajadores lo habitan, Víctor sostiene que la biblioteca es un lugar para leer, enamorarse, jugar, comer, conversar, dormir, pintar e investigar. 

Su compañera Beatriz Mejía, analista cultural del Banco desde hace seis años, agrega que se trata de una biblioteca abierta. “Todo lo que está aquí es patrimonio de los ciudadanos y por eso hay que cuidarla y disfrutarla”.

Para Ivonne Mendoza, gerente del Banco, hay que pensar la ciudad y la biblioteca como un espacio donde todos quepan. “Eso significa que el Centro Cultural fue pensado para niños, bebés, adultos mayores, personas con capacidades diversas, para todos y todas. Cada vez somos más conscientes de esta responsabilidad y hacemos pequeños guiños como capacitar a todos los colaboradores en lenguaje de señas y que las exposiciones tengan un tipo de letra que todo el mundo pueda leer”. 

La biblioteca también incluye sala de música, laboratorio de creación, impresora 3D, tablas graficadoras, módulos para investigadores, sala de exposición, auditorio, huerta de plantas aromáticas, hemeroteca, cubículos para estudio, computadores de consulta, terraza y colección sonora. 

La jornada allí acaba a las 6:00 de la tarde en punto. Los porteros del edificio se acercan a los señores que siguen leyendo la prensa para indicarles que se terminó su tiempo. Willi desmonta los libros de la vitrina, que volverá a ubicar al día siguiente. El abuelo de Gerónimo lo recoge para irse juntos a su casa. Los últimos ocupantes del Banco, entre trabajadores y visitantes, salen del edificio mientras las luces de sus 9 pisos se van apagando.


 


El edifico del Centro Cultural incluye espacios de estudio y trabajo como este de la terraza del tercer piso con panorámica del Centro de la ciudad.

 

Bibliotecas en Manizales 

En Manizales 12 bibliotecas conforman la Red de Bibliotecas Públicas, según la Alcaldía. Y también se cuenta con aquellas ubicadas en las universidades públicas y privadas, más está del Banco de la República. Todas cobran sentido únicamente si hay quienes las mantienen vivas y eso implica cuidar su archivo y sus visitantes. 

El Centro Cultural Banco de la República de Manizales queda en la carrera 23 con calle 23 de Manizales. Y funciona de lunes a sábado con acceso gratuito a visitantes.