Fotos | Freddy Arango | LA PATRIA Reinel Gómez Escobar, conocido como don Rey, ha transmitido todos sus conocimientos y el negocio a su hijo, Alejandro Gómez Valencia.
En la doble calzada, sector La Estampilla, el aire no huele: llama. El aroma de arepa de chócolo recién horneada se impone como un letrero invisible que ordena frenar. Allí, vestido de campesino, con sombrero y poncho, Reinel Gómez Escobar, don Rey, no vende comida: defiende una tradición. Convirtió una receta familiar en un manjar a la entrada de Manizales.
Hace 25 años encendió el primer fuego de Arepas de Chócolo el Rey. No tenía capital, pero sí carácter. Levantó el negocio a pulso que hoy lidera su hijo, Alejandro Gómez Valencia. “Fabricamos las mejores arepas de chócolo. Todo lo que se hace con amor sabe mejor”, afirma don Rey. No lo dice como eslogan, lo dice como sentencia: más de dos décadas frente al horno lo respaldan.
La historia nació en la cocina de su casa. “Mi padre me enseñó a trabajar y mi madre la sazón”. En ese cruce de disciplina y sabor se forjó el negocio. Aquí nada se improvisa: arepas, chorizos, morcilla. Todo se prepara con paciencia y se sazona con memoria.
Nació en Marulanda (Caldas) y a los 14 años ya era arriero. Caminó descalzo, con callos en los pies, curtido por la montaña, subiendo y bajando caminos como quien aprende a leer la vida en las pendientes. “Eso lo hace crecer a uno”, recuerda. Esa resistencia, templada entre montañas y madrugadas, fue la que sostuvo su decisión de emprender.
Arrancó con lo que tenía: la nevera, la vajilla y una estufa prestada de dos puestos bastó para encender el sueño. Le fiaban en la tienda, el carnicero le daba carne y en la galería conseguía chócolo y queso a crédito. No había caja registradora, había palabra. Así empezó todo: a punta de confianza.
La arepa costaba $400; hoy vale $8.500. Antes molía el chócolo a mano, girando la manivela como quien afila paciencia; ahora un motor acelera el proceso. Antes guardaba la plata en el bolsillo y en la alcancía; hoy factura electrónicamente. El negocio evolucionó, pero la esencia no se movió un centímetro.
Caer y volver a empezar
Con los primeros ahorros compró un lote y levantó su casa. Luego llegaron tormentas familiares, soltó el negocio y durante 14 años vendió libros. “Es el vendedor que más respeto. Vender cultura es duro, pero satisfactorio”. Cambió el delantal por el maletín, pero no perdió el pulso de comerciante.
Quedó sin dinero, pero con hambre de revancha. Consiguió un crédito de $2 millones 700 mil, cerró el local con una ventanería regalada y reabrió un 16 de diciembre. El primer día vendió $20 mil; luego $40 mil, después $60 mil. Ese diciembre cerró en $200 mil.
Paso a paso, peso a peso, volvió a levantar el horno. “Fue muy duro, pero con mi esposa, mis hijos y buenos amigos salimos adelante”.
El relevo generacional

El exfutbolista Sergio Galván Rey, el cantante J Balvin, el creador digital Tulio Recomienda y el artista popular El Charrito Negro, entre políticos, influenciadores y cantantes, hacen parte del muro de personalidades que han visitado el negocio.
Alejandro creció entre masa y brasas. A los siete años ya atendía mesas y aprendía que el cliente no se despacha: se respeta. “Es mi mayor orgullo”, dice don Rey. No heredó solo un negocio; heredó una ética.
En 2020, en plena pandemia, su padre le entregó la administración. Coincidió con un momento complejo de salud: cinco stent y diabetes tipo 2. El cuerpo le pidió pausa, pero el olfato siguió alerta. “Abro la nevera y huelo las arepas. Si no están como deben ser, se cambian. La calidad no se negocia”. Su vara es alta y no se dobla.
Alejandro asumió el timón. “Aprendí viéndolo. Hoy es más difícil por los costos, pero preferimos ajustarnos antes que subir exageradamente los precios”. Resisten sin sacrificar el producto. Padre e hijo funcionan como engranaje aceitado: “Somos más que papá e hijo, somos amigos. Yo lo asesoro, pero el negocio es suyo”.
Tradición que no se negocia

“Aquí recibimos a todos con alegría. Los problemas se quedan afuera. Siempre digo: que nadie se las quite porque se pierde todo. Si es pobre con alegría, consigue mucho”, reflexiona don Rey.
En el horno de barro y boñiga, construido hace 20 años, el fuego no solo cocina: consagra. Las arepas no llevan harina. El chócolo debe estar en su punto exacto, ni tierno ni pasado. Chorizos y morcilla se elaboran a mano, uno por uno, como piezas de artesanía comestible.
Intentaron mecanizar. Los clientes lo notaron y el sabor perdió alma. Entonces volvieron a lo artesanal. También rechazaron franquicias. Prefieren un solo templo bien atendido que cien copias sin espíritu. Aquí el café se ofrece como gesto y la conversación como sobremesa. Consentir al cliente no es estrategia: es costumbre.
Por sus mesas han pasado el expresidente Iván Duque y celebridades como J Balvin, Tulio Recomienda, El Charrito Negro y Sergio Galván Rey, entre otros políticos, cantantes, influencers y deportistas. Muchos dejaron su foto en el muro del local. Pero la protagonista sigue siendo la arepa.
A los 73 años, don Rey observa el negocio que nació sin recursos y que hoy se sostiene como empresa familiar. Entre el abuelo que enseñó la receta, el padre que levantó el restaurante y el hijo que lo proyecta, Arepas de Chócolo el Rey demuestra que la tradición no se hereda por decreto: se amasa, se vigila y se defiende todos los días, alrededor de un horno que sigue encendido y no piensa apagarse.

El establecimiento está ubicado en la Autopista del Café, sector Las Tampillas. “Hay retorno y servicio de bus hasta San Peregrino”, explica don Rey.

J Balvin subió a su Instagram una foto con don Rey, y una copia aparece en el muro de visitantes ilustres. “La primera vez vino flaquito y calvito; después, ya más famoso, se cambiaba aquí cuando tenía concierto”.
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