Debo empezar por decir que mi abuelo al que siempre le dije Tito era un hombre elegante, con buen porte, excelente gusto y como buen descendiente de los Bernal Arango marcando la diferencia; sabio, de gran inteligencia e inmenso corazón. Tengo que reconocer que la mayoría de mis habilidades y gustos los heredé de él: el amor, el ganado, los caballos, las cabalgatas, la pesca. Era experto en fincas, en ‘matada de marranos’ y en el aguardiente Cristal, el elíxir de la vida para él. Con nostalgia recuerdo que de pequeño lo hacía regañar de mi mamá y de mis tías porque en las cabalgatas fumaba y tomaba en exceso. Sabiendo que él era ganadero sin ganado, era un verraco, capaz de muchas osadías e incapaz de pocas, por ejemplo, capaba ganado parado y por lo mismo, por esa pasión, le voy a cumplir el sueño de tener una finca ganadera. No miento si digo que su corazón dejó de latir dos veces: la primera cuando mi Tita Esperanza falleció, sin embargo ese corazón fue resucitado por un ángel llamado Beatriz, una mujer con una gran capacidad para amar y consentir a mi Tito. Pero su corazón se fue deteriorando hasta este infausto día que dejó su cuerpo físico, luchando por su vida hasta el último aliento y aunque fue una faena dura para todos, finalmente se fue en paz, con la satisfacción de haber hecho las cosas bien y con mucha dedicación. Me gradué de la universidad y por supuesto el invitado de honor era mi Tito; él sin falta, siempre me acompañó en los eventos más importantes de mi vida porque fui su secretario, su ‘pategurre’, el ‘caquimbo’ y muchos sobrenombres más que me ponía con cariño. Sé que a mi Tito no le gustaban las groserías, pero como el dolor es el precio del amor, sinceramente ‘qué dolor tan hpta.’
Camilo Luna Bernal
Don Enrique Bernal, de los Bernal de la 24 y de La Cabaña
Debo empezar por decir que mi abuelo al que siempre le dije Tito era un hombre elegante, con buen porte, excelente gusto y como buen descendiente de los Bernal Arango marcando la diferencia; sabio, de gran inteligencia e inmenso corazón. Tengo que reconocer que la mayoría de mis habilidades y gustos los heredé de él: el amor, el ganado, los caballos, las cabalgatas, la pesca. Era experto en fincas, en ‘matada de marranos’ y en el aguardiente Cristal, el elíxir de la vida para él. Con nostalgia recuerdo que de pequeño lo hacía regañar de mi mamá y de mis tías porque en las cabalgatas fumaba y tomaba en exceso. Sabiendo que él era ganadero sin ganado, era un verraco, capaz de muchas osadías e incapaz de pocas, por ejemplo, capaba ganado parado y por lo mismo, por esa pasión, le voy a cumplir el sueño de tener una finca ganadera. No miento si digo que su corazón dejó de latir dos veces: la primera cuando mi Tita Esperanza falleció, sin embargo ese corazón fue resucitado por un ángel llamado Beatriz, una mujer con una gran capacidad para amar y consentir a mi Tito. Pero su corazón se fue deteriorando hasta este infausto día que dejó su cuerpo físico, luchando por su vida hasta el último aliento y aunque fue una faena dura para todos, finalmente se fue en paz, con la satisfacción de haber hecho las cosas bien y con mucha dedicación. Me gradué de la universidad y por supuesto el invitado de honor era mi Tito; él sin falta, siempre me acompañó en los eventos más importantes de mi vida porque fui su secretario, su ‘pategurre’, el ‘caquimbo’ y muchos sobrenombres más que me ponía con cariño. Sé que a mi Tito no le gustaban las groserías, pero como el dolor es el precio del amor, sinceramente ‘qué dolor tan hpta.’ Camilo Luna Bernal