
Foto | Ximena Tabares | LA PATRIA | PEREIRA
Metáfora del equilibrio es la primera de tres obras que conformará un circuito de murales en el centro de Pereira
Hacer arte siempre será revolucionario en tiempos tan agitados. El afán es enemigo de encontrarse con amigos a depurar las ideas y de pensar en cómo detener el tiempo y a los transeúntes con una obra.
No es fácil ir contra la corriente con los actos creativos y tener que exponerlos diariamente al público. El escrutinio popular suele ser implacable: gusta o no gusta. Pero la valentía de creer en las pasiones abre caminos inimaginados.
Así ha sido el trasegar urbano de Revolucionarte, un grupo de artistas que le ha puesto color a las historias de Pereira, y que justo en su décimo aniversario, se encontró con su proyecto más importante: hacer un circuito de murales a gran escala en el centro de la ciudad. El primero de ellos es la fachada del teatro municipal Santiago Londoño.
¿Cómo llegaron al teatro?
“Queríamos dejar atrás los relatos de la identidad territorial –símbolos como el Bolívar desnudo o el viaducto, tan arraigados en la cultura pereirana– para abrirle paso a una reflexión más humana, más del alma”, explicó Ximena Tabares.
Son las 11:00 a.m. y el sol quema. Sobre una grúa-andamio, dos artistas le dan forma al muro, ultimando detalles. Ya se puede ver a una niña en estado de meditación, con los ojos cerrados y un corazón brillante en las manos.
A Tabares, la directora de comunicaciones de Revolucionarte, le gusta hablar. En su discurso está el sueño que se hace realidad. ¿Pintar el Santiago Londoño? Un gran reto que asusta, que quita el sueño, pero también la posibilidad de hacer algo para la ciudad, para la historia de los que a diario visitan el teatro.
“El Santiago Londoño tiene un flujo diario que ni siquiera calculamos exactamente, pero en un minuto pueden pasar mil personas entre peatones y vehículos. Es un punto de cruce, una arteria viva. Y es además el lugar donde muchos, como yo, vivimos nuestras primeras experiencias culturales: teatro, sinfónica, ballet. El Santiago es parte de la memoria emocional de los pereiranos”, explica.
Mientras Tabares explica cómo fue la elección del teatro como lienzo de su obra, en la sala de exposición Carlos Drews Castro, varios artistas pintan las paredes. Afuera, el sol sigue inundando el día con su luz blanca.
Mientras va a comprar agua para los artistas, Tabares cuenta que la señora que está sobre la calle 18 con carrera 12 trabajando en una chaza, le preguntó porqué habían borrado con pintura lo que inicialmente habían hecho.
“Se estaba como enojando porque le parecían bonitas las líneas guía y los números que habían puesto los artistas y que, cuando el mural tomó más forma, desaparecieron”.
Metáfora del equilibrio
Pero el proyecto no solo se plantea como una intervención visual de gran formato. Tiene una intención conceptual profunda.
El colectivo quiere dar el salto desde los símbolos tradicionales del muralismo —la fauna, la flora, el obrero, el caficultor— hacia una gráfica que dialogue con el alma, con el silencio interior, con la energía humana.
Y por eso plantearon que el centro de la obra sea una niña en estado de meditación, con los ojos cerrados, mirando hacia adentro.
“Ella representa esa búsqueda de equilibrio. Sostiene un corazón amarillo, como el de Pereira, como el de la bandera. Es un símbolo de luz, de emoción, de vida”, explica Tabarez.
De nuevo vuelve la conversación sobre el acto creativo y la forma de romper con las dinámicas voraces del mercado, del clic, de lo instantáneo. ¿Cómo combatir con el afán? Con meditación, con la observación silenciosa del paso del tiempo en quietud.
“El equilibrio es entre pensamiento y emoción, entre lo que sentimos y lo que razonamos. Y por eso, en su cabeza, hay también una figura meditativa, otra cabeza amarilla que representa el pensamiento elevado.”
El cuerpo de la niña no está vestido con tela, sino con elementos naturales: caparazón de armadillo, ramas de árboles. A su alrededor, manos azules representan el alma que sostiene el fuego, es decir, la pasión y el impulso vital.
Y más arriba, dos alas del águila real de montaña —ave emblemática de Risaralda y especie amenazada— vuelan junto a un ramillete de flores. “Es nuestra conexión con lo natural. No somos ajenos a la naturaleza, somos parte de ella. Y ella, de nosotros”.
Un mural para mirar hacia dentro
La escena completa está cargada de simbología: elementos naturales, espirituales, meditativos y ancestrales, que dialogan con lo esotérico sin volverse crípticos. “No es exactamente esoterismo”, aclaran.
“Es más bien una forma de representar esa búsqueda interior, esa conexión con lo esencial del ser humano. El equilibrio es también eso: una armonía entre lo que somos, lo que pensamos y lo que sentimos.”
Uno de los objetivos de la obra es que no se necesiten referencias locales específicas para que toque a quien la vea. No se trata de poner un símbolo de identidad territorial que diga “esto es Pereira” de manera explícita, sino más bien algo que cualquier ser humano pueda sentir como propio: el fuego, el alma, el corazón, el pensamiento, la protección de la naturaleza, el equilibrio.
“No queríamos que conectara con la gente solo porque ‘¡ah, esa es la flor que sembraba mi abuelita!’, sino desde algo más profundo. Que cualquiera —sea de Pereira, de México, de Egipto— pudiera pasar y sentir que esta imagen le habla al alma”.
El pulso de una ciudad viva
Es cerca del mediodía y el sol no cede. Los artistas siguen en su labor –llevan aproximadamente 8 días pintando, aprovechando cada rayo de luz–, para tener listo el mural para su inauguración el sábado 5 de abril a las 3:00 p.m.
Mientras ellos siguen trabajando, finalizando detalles, Ximena cuenta que la obra, más allá de su complejidad, ya ha sido calificada por transeúntes.
“Sí, claro. Es un mural en un espacio público. Es normal que la gente opine. Hemos tenido todo tipo de reacciones. Algunas personas mayores se nos acercan y preguntan por qué una niña, qué representa, por qué esa cabeza amarilla… Otros simplemente se emocionan”.
Minutos después de que Tabares recordó cómo la ciudad le está tomando el pulso a la obra que están creando, un transeúnte, que según ella ha pasado todos los días, gritó “el corazón de la ciudad”.
El mural, entonces, es también una forma de reescribir la memoria urbana, de hacer que lo espiritual y lo visual se encuentren en un muro que respira ciudad. Porque el corazón amarillo no solo late en la niña del mural. También late en quienes caminan por la carrera 12, en los niños que preguntan por los colores, en los abuelos que recuerdan otra época, en los turistas que se detienen a mirar.
“Nos interesa conectar desde lo más profundo. Que este sea el corazón de Pereira, sí, pero también que cada quien se vea reflejado. Que diga: yo también estoy buscando equilibrio.”
Y así, mientras las grúas suben, los pinceles bajan, y las figuras empiezan a tomar forma, en esa esquina transitada de la ciudad, late un nuevo muralismo. Uno que quiere ir más allá de lo visible. Uno que no solo decora, sino que interroga. Que no solo representa, sino que pulsa. Una metáfora del equilibrio, en una ciudad que también está buscando el suyo.
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