En la sala del Teatro Punto de Partida del barrio Minitas de Manizales, con vitrinas y teatrinos reconstruidos, reposa una colección que pertenece a una familia y grupo artístico que es parte viva de la historia cultural de la ciudad.
Son los títeres de Sergio Londoño Orozco, el hombre detrás del icónico personaje “Manuelucho”, considerado hoy el primer titiritero de guante de Colombia.
Augusto Muñoz, director del teatro, los observa con una mezcla de respeto y urgencia. Sabe que no son simples muñecos. “Esto ya no es de nosotros, esto es patrimonio de los manizaleños” afirma.

Augusto Muñoz sostiene a Manuelucho, el títere original creado por Sergio Londoño Orozco, pieza central de una tradición que inició en Manizales a comienzos del siglo XX.
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Un personaje llamado Manuelucho
Manuelucho Sepúlveda, “la mera astilla remediana”, no era un héroe convencional. Era más bien todo lo contrario: aventurero, mujeriego, peleador, borrachín, irreverente. Un personaje que caminaba entre el cielo y el infierno, que burlaba a la muerte y coqueteaba con el diablo.
Su historia, narrada en diez capítulos, mantenía en vilo a los espectadores de comienzos del siglo XX. En una época sin televisión, ni radio masiva, ni telenovelas, el público debía esperar días para conocer el desenlace.
“¿Se casará con la Cuncia? ¿Le ganará al diablo?”, se preguntaban. Y regresaban. Era, sin saberlo, una de las primeras formas de narrativa seriada en el país.
Los personajes que acompañaban a Manuelucho componían un universo tan rico como popular: la Cuncia, su enamorada; Mariana Tilla; Cataplasma Pegajosa; el padre Asmita, quien siempre terminaba absolviéndolo; Don Baltasar, el español; y la temida “gripa chumacera”, una representación de la muerte que lo perseguía sin descanso.
Cada uno tenía voz propia, carácter y función dramática. Y todos nacieron de las manos de un solo hombre: Sergio Londoño Orozco, nacido en Abejorral (Antioquia) en 1874, quien llegó a Manizales y comenzó su historia artística cerca de los 40 años.

Personajes originales de la historia de Manuelucho, títeres de guante con más de 100 años que aún conservan sus rasgos y vestuarios hechos a mano.
El origen: un encuentro que cambió todo
La historia de los títeres en Manizales tiene un punto de inflexión a comienzos del siglo XX, cuando llegó a la ciudad una compañía española liderada por Juan Casola.
Eran más de 60 artistas que se presentaban en espacios como el Salón Olimpia y el Salón Escorial, en la Plaza de Bolívar.
Sergio Londoño, por entonces, pintaba avisos para estas funciones. Pero además, hacía voces, actuaba, improvisaba. Casola lo escuchó y quedó impactado.
Le propuso unirse a la compañía y recorrer el mundo. Londoño rechazó la oferta: tenía 14 hijos y una vida que no podía abandonar. Entonces, Casola hizo algo decisivo: le regaló 14 marionetas, un gesto que encendió una chispa.

Estas son algunas de las marionetas centenarias traídas por el español Juan Casola y entregadas a Sergio Londoño, origen de una de las primeras historias titiriteras del país.
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Marionetas y títeres: una diferencia clave
Las marionetas que recibió Londoño eran figuras manipuladas con hilos. De origen europeo, tenían estructuras complejas y una tradición escénica consolidada. Pero Manuelucho no nació de allí.
Londoño adaptó la técnica y desarrolló el títere de guante: figuras que se manipulan con la mano desde abajo, más ágiles, cercanas y populares. Esa transición definió su estilo y lo posicionó como pionero en Colombia.
Hoy, en la colección que resguarda el Teatro Punto de Partida, conviven ambos mundos: las marionetas originales de al menos 130 años y los títeres de guante que dieron vida a Manuelucho.

En el museo de Punto de Partida conviven los títeres y marionetas originales de Sergio Londoño.
Hechos de ingenio y creatividad
Los materiales hablan tanto como las historias. Papel maché, papel de cemento, telas antiguas, estructuras pesadas.
Algunos ojos son partes de botellas, mientras otros detalles revelan una creatividad nacida del carácter de la época. “Hay títeres que son pesadísimos, casi de cemento”, cuenta Muñoz.
Eran herramientas de trabajo, pensadas para recorrer veredas, plazas y pueblos. Manuelucho se presentó en lugares como La Linda, Maltería, Morrogacho y distintos rincones rurales de Caldas.
También acompañó convites de iglesia, ayudando a recaudar fondos. Su teatro era entretenimiento, pero también servicio comunitario.
Además de titiritero, Sergio Londoño fue un hombre de múltiples oficios. Aprendió medicina ancestral (información que según Augusto Muñoz, viene de relatos, con un extranjero en el Caquetá) y vendía ungüentos en la galería de Manizales. Su vida oscilaba entre la supervivencia y el arte.
Murió en 1944, tras tres décadas de actividad titiritera (1914-1944). Dejó una obra dispersa, sin dramaturgia formal: hojas sueltas, poemas, fragmentos.
Trabajaba desde la memoria. Y, como suele ocurrir con los grandes personajes populares, comenzó a convertirse en leyenda.
Un archivo vivo
Hoy se conservan 105 títeres y las 14 marionetas originales. También hay cerca de 2.500 fotografías, registros audiovisuales y testimonios.
El periódico LA PATRIA, desde su fundación en 1921, documentó presentaciones, carteles y crónicas de Manuelucho.
Ese archivo ha sido clave para reconstruir su historia, sin embargo, aún hay vacíos: fechas imprecisas, versiones contradictorias, relatos fragmentados. “Cuando un personaje se vuelve leyenda, aparecen muchas historias”, explica Muñoz.
De reliquia a escena
Los títeres originales ya no se utilizan. Su fragilidad lo impide. Pero el legado sigue vivo gracias a réplicas cuidadosamente elaboradas.
Con ellas, el Teatro Punto de Partida creó la obra El sagaz Manuelucho, una reconstrucción dramatúrgica basada en los fragmentos existentes y en la memoria familiar, especialmente la de Alba María Londoño, nieta del titiritero y guardiana del archivo.
El montaje, que dura 45 minutos, ha recorrido ciudades como Bogotá, Medellín y Palmira.
Y ahora busca volver a su origen: los barrios de Manizales. “No es un show. Es teatro profesional” explica Muñoz.

Réplicas de los personajes originales, creadas para llevar nuevamente a escena la historia de Manuelucho
Recuperar para no perder
Para Augusto Muñoz, el objetivo es lograr que la colección sea declarada patrimonio cultural. Para ello, ya hay gestiones con entidades locales y nacionales, sin embargo estas piezas, sin protección podrían deteriorarse o desaparecer. “Para algunos esto puede ser basura —dice Muñoz—, pero su valor es inmenso”.
La meta incluye la creación de un espacio permanente, posiblemente en el futuro en el Centro Cultural de la Juan XXIII, donde turistas, artistas y ciudadanos puedan conocer esta historia.
Quienes visitan el Teatro Punto de Partida se sorprenden y descubren que en Manizales hubo, y aún se mantiene, una tradición titiritera con alcance internacional.
Manuelucho, ese antihéroe que engañaba al diablo y seducía al público, sigue hablando desde la escena. Porque mientras haya quien lo represente, quien lo investigue y quien lo escuche, su historia no será pasado. Será presente en movimiento, sostenido no por hilos ni por manos, sino por memoria.
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