María Gómez*
LA PATRIA | Chinchiná
En noviembre del 2024 encontré en la Biblioteca Nacional de México el título Lirios y Cardos del escritor Antonio J. Arango, publicada en Mérida Yucatán en 1926 el día 30 de mayo. ¿Por qué es relevante presentar hoy, después de cien años de su aparición Lirios y Cardos?
Así no se tratara de la conmemoración de la primera obra publicada por un autor nacido en el ahora territorio de Chinchiná —que por la evidencia lo es—, también se trata de la realidad social de una época, que se proyecta en su arte. La obra literaria es un fragmento de la tradición colectiva y una tradición que en Chinchiná está por ser escrita.
En 1926 Antonio J. Arango tenía 23 años. Su infancia y adolescencia fueron las del terrible despertar del siglo XX: Primera Guerra Mundial, Revolución Mexicana, nacimiento de nuevos Estados como Panamá.
El contenido de la plaquette —o poemario— es de 14 títulos en 19 páginas. La gran mayoría de versos son de arte mayor, la fórmula que más se repite es de poemas de 3 cuartetos; de ahí 2 cuartetos y 1 sexteto; 2 cuartetos y 2 tercetos; por último, entre las que se repiten 9 cuartetos. Los 3 poemas nonos son de 6, 5 y 4 cuartetos.
Columna de Pedro Felipe Hoyos: Antonio J. Arango o el rescate de un greco latino
En sus fórmulas es visible —o mejor audible— la voz de Julio Flórez y la de Rubén Darío. O sea, entre trovador popular y modernista, eran los años de las vanguardias, pero Antonio J. se mostró bastante tímido y recogió la confesión sentimental. Es difícil que Arango no conociera Cardos y Lirios segunda obra publicada por Flórez en Venezuela en 1905.
Lirios y cardos es una metáfora que se encuentra en el Cantar de los Cantares, «como lirio entre cardos» representa cómo alguien destaca en belleza y virtud en medio de un entorno hostil.
La publicación refleja el gusto del autor. El libro es un ejemplo del arte de la imprenta, el uso de variedad de planchas y tipos que componen la portada. Las imágenes de un atardecer en el Olimpo, y la lira centrada en clara alusión al dios Apolo.
Sus versos tienen solidez, como los poetas de su generación, sus metros preferidos son los de once sílabas, con rima. La música de su poesía es una monodia más cercana al bambuco y del canto doble. Sus temas, como los de Flórez, son la devoción por la madre, para el autor ya muerta, aunque también acoge el romanticismo donde agrega un tono dolido y fúnebre.
Entre las revelaciones que entrega al lector está su fidelidad por lo vivido, también nos da pistas de su origen, como en el cuarto título donde despeja la duda si será el mismo Antonio J. y no uno mexicano.
Al nevado del Tolima
Mientras lanzando su doliente grito
pasa a tus pies la humanidad cansada,
absorto la contemplas sin que nada
turbe tu calma de titán proscrito.
Y, firme en tu cimiento de granito,
alzas la sien de nubes coronada,
como para sondear con la mirada
la soberbia extensión de lo infinito.
Yo que, dejando mi nativa sierra
vine hasta aquí desde remoto suelo
el símbolo a buscar que en ti se encierra,
En estar como tú cifro mi anhelo:
firmes los pies para pisar la tierra
y alta la faz para mirar al cielo.
¿Cuál es la poesía que volvemos a buscar? La respuesta cambia con el tiempo. Lo que es buen gusto ahora en el futuro será cursi.
En la contraportada es usual hallar anuncios de las obras que estuvo por publicar el autor; Camino al Ocaso el primer título, que tendría Dilema de un Vagabundo (1935) y Bajo el Tacón del Amo que se terminaría titulando Bajo Cero (1939).
Pero la poesía inicial de Antonio J. Arango, esas 14 «trovas» cuentan en alguna antología. ¿El lugar que ocupa Antonio J. en Chinchiná y Caldas corresponde al mérito de sus peripecias juveniles? Hay que contestar con sinceridad: no. Arango no tiene reputación en Chinchiná y sus «trovas» es posible que no fueran leídas ni antes, ni ahora. No es costumbre lamentar la suerte de la obra de Antonio J. Arango salvo por Pedro Felipe Hoyos Korbel.
No obstante, para no insistir en la técnica y el estilo, pasemos al por qué llega un arriero a territorios remotos a vertiginosa edad. En el despacho parroquial de Chinchiná se puede encontrar la partida de bautismo de Antonio José Arango Echeverri nacido el 13 de junio de 1902, tenía casi la edad del siglo. Hijo de Pedro José Arango Arango y Emilia Echeverri Gutiérrez.
El documento es la evidencia que entre nosotros habita un desconocido, desconocido que soporta el peso de sus creaciones, obras que lo corriente es que la sociedad no se reconozca en esas efigies. Imágenes controvertibles, pero reales.
«Las paredes estaban blancas, recién pintadas» —dice Antonio J. en Dilema de un Vagabundo—. «José, Roberto, Marco Tulio discutían en la tienda de Moisés el sueldo por asignársele al maestro. Se trataba de la fundación del primer colegio de Chinchiná, anhelo ferviente de los abuelos, —continúa, y nos dice el nombre— Juan Bautista Meza Jaramillo fue contratado por los apóstoles de la instrucción en Chinchiná, para enseñar a metrificar a los arrieros de mi generación. Su llegada marca época en la vida de mi pueblo. ¡Un poeta en Chinchiná! »
Del paso de Juan Bautista Meza Jaramillo por Chinchiná dio cuenta él mismo en un texto de título La vida literaria en la provincia (1940). Dice el poeta:
«El ambiente primero que todo, demasiado impropicio; la aldea que inundaron hombres fuertes pero sin mayor cultivo intelectual; los señores del pueblo que aspiran a ser graves y omnipotentes en sus fallos comerciales, en sus opiniones agrícolas, en sus caudillajes políticos; los colegios primitivos en cuyas aulas tan solo se aprenden los conocimientos más elementales; la falta total de libros de estudio, de tratados de literatura, de obras clásicas; sin periódicos, sin revistas, sin una voz de estímulo que aliente al escritor que comienza la vida intelectual; el poeta encierre que escribe a escondidas como si cometiera una falta».
La actitud de Arango es inteligible si se olvida el clima intelectual y espiritual de la época en que vivió. Más adelante en el mismo texto de Meza Jaramillo dice:
«Transcurridos ya los años de infancia, el escritor de provincia ya en plena juventud, siente la necesidad irremediable de viajar, de adquirir conocimientos, de conocer horizontes, de ir por tierras y mares extraños, de leer implacablemente para nutrir su inteligencia, de escribir versos, de escribir prosas, de hacer ensayos, de conocer las más grandes figuras de las letras, de indagarlo todo a fin de apaciguar sus ansias. [...] Apenas sí los ecos de su triunfo resuenan en su patria».
Voy hacer un dibujo sobre cómo pudo ser el primer viaje a México de Antonio J. Caminó hasta Buenaventura, y después de conocer el mar volvió por el río San Juan hasta Condoto en un viaje donde tenía que trabajar para vivir. De Condoto por el río San Juan tomó Atrato y con un primo llegó a Urabá. La sociedad de esos años duró hasta Necoclí. Arango viajó por mar hasta el puerto de Colón, unos años atrás Colombia ya para ese momento Panamá. El dibujo se hace más complejo cuando Antonio J. se interna en todos los países de Centroamérica.
Que yo sepa Arango no tenía título universitario, ni cosa parecida, ostentaba el mérito de ser autodidacta, de aprender en la sala de redacción de los periódicos. Los escritores e intelectuales se distinguen por una comprensión del alma de los pueblos. Así fue como el joven autodidacta encontró un asilo en México: «Fui un protegido de José Vasconcelos» —Dice Antonio J.— «la más alta figura de la inteligencia americana».
Antonio J. Arango volvería a Colombia para ser alcalde de San Francisco en 1927, alcalde a los 25 años. Conviene dejar hasta aquí el relato con tal de redondear esta primera entrega.
*Representante legal de la Sociedad de Mejoras Públicas de Chinchiná.
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