Filas para bancos. (Nota publicada por LA PATRIA el 13 de abril del 2020).

Foto I Freddy Arango I LA PATRIA 

Filas para bancos. (Nota publicada por LA PATRIA el 13 de abril del 2020).

La cosa es así: Camila Ocampo, en la fresca mañana del martes, se las arregló para llegar de la Comuna Bosques del Norte al Centro de Manizales. Su agenda: Compra de carne en el supermercado del Centro, transacción en el Banco de Bogotá, pago de cuota en Davivienda, reclamo de un recibo en Rentas y retiro de dinero en un cajero. Como dicen los muchachos: así, ¿o más vueltas? Este es un país de filas, que con el coronavirus tiene variantes.

Las colas, definidas como orden para llegar a un punto, siguen campantes, según analistas, gastándonos hasta cuatro años de vida.

Las hay largas y cortas, derechas y serpenteantes, a cielo abierto o bajo techo, disciplinadas o con tumultos... Ahora son con tapaboca distanciados metro y medio, guiados por policías, en horarios acomodados, con cédula en mano, y otras disposiciones.

A las 7:55 de la mañana Camila, que trabaja en un fondo de pensiones, está parada detrás de la Catedral, en un andén de la carrera 23. Va en el puesto 24 de los 73 que alcanzan hasta media cuadra más allá de la venta de pollo Frisby, para ingresar al Banco de Bogotá.

Su ruta comenzó temprano en el barrio: Pasaron el Cosmobús, pero ya llevaba los 34 pasajeros; dos colectivos iban con el cupo listo y reducido como se exige estos días, y por un taxi que compartió con un señor.

Lo siguiente es sobrepasar vallas de la Policía, tras mostrar la identidad. Así ocurre en cada esquina de la Plaza. “Estamos en guerra”. La frase, irónica y tal vez con algo de coincidencia cinematográfica, la decía por celular el último de una de las cuatro filas que hay en lo ancho del sitio público. Otro grito del mismo hombre: “Ahora sí, Maduro y Diosdado están muertos de miedo”, para actualizar al público sobre las últimas y convulsionadas noticias de Venezuela.

 

A la orden

La cotidianidad de ir uno detrás de otro vive más transformaciones. Tinto, tinto, pintado, pintado es lo acostumbrado. Ahora, Cristian Gómez, quien suele vender frutas en carreta, vocifera: “Pasabocas, guantes, alcohol”. Y sus productos estrella para matar el aburrimiento en temporada de covid-19: “Pasatiempos, sopa de letras”. María Angélica Álvarez, habitante de Villa Pilar, le dice: “Deme tres, son para mi mamá”.

El patrullero Arias tiene conclusiones sobre el comportamiento ciudadano. “En general la gente atiende recomendaciones. Las filas se ven largas porque la gente no está aglomerada. Estamos manteniendo las distancias”. Una señora le pregunta que si puede pasar porque va para la Galería. “Claro, siga”.

Algunos se molestan por la duración. “Toca explicarles la situación, es por la salud de todos, expresa el uniformado”.

Otros andan algo perdidos. Horacio Tangarife está en una fila bancaria en la Plaza. “Es muy demorado”. ¿Y para dónde va?, le pregunta el agente. “Para la Alcaldía”. El policía lo direcciona. “Vaya a esa esquina y siga derecho cuatro cuadras” (por la carrera 21).

La mayor actividad está en la base del Bolívar Cóndor. Un oficial coordina cada movimiento. Le suena el radioteléfono. ¿Qué ordena, mi teniente? Al otro lado: “Mande cinco clientes del Banco de Occidente. Y aliste otros para los cajeros de Davivienda”. La respuesta es “erre”.

De las 7:45 de la mañana en adelante había filas en sitios de la 23 como De Uno (13 personas), Servientrega (8), Claro (12). Las de la Alcaldía, bancos, otros supermercados y negocios (cálculo por cuadras).

 

Viajes perdidos

Me llamo Marisela”. “Y yo Alba Marina”. ¿Qué hacen por acá? “Somos de Familias en Acción y llevamos dos días perdiendo el viaje”, dice la primera. “Vivimos en Solferino, pagamos $8.000 por cada taxi”, añade la segunda. “Es injusto que pasen cinco personas y se demoren tanto para atender. Y de un momento a otro dejan de recibirnos“, concluyen.

El drama toca también las veredas. Luz Elena llegó con el propósito de hacer la vuelta por su prima Francia, que vive en El Tablazo con dos hijos menores. “Señora, que tiene que venir ella personalmente”, le anuncia un soldado y le devuelve una carpeta.

Ella se dirige, entonces, a la cabeza de la fila de 93 personas (8:37 a.m.), que justo en la calle 19 se une con la de quienes llegan por cesantías.

Carlos Ruiz, quien vive en el barrio Fanny González, llegó en su carro. Mira y saca promedios: “En 80 metros cuadrados somos 250 personas. Bien la organización, pero los bancos deberían abrir a las 7:00 a.m.”. Cerca de allí otros agregan que hay mucha gente en la calle y aglomeraciones en algunas hileras.

En redes sociales hay quienes coinciden con la afirmación anterior y la sustentan con imágenes. "Así es muy difícil librarnos de un virus", es parte del comentario en un grupo de whatsapp, apoyado en un video grabado por la 23 desde una bicicleta.

"Da rabia gente en la calle sin necesidad". "Y más ira con los que no se protegen", concluyen otros.

Supongamos que a un escritor de ficción le diera por ubicar a un extraterrestre en el Corredor Polaco de la Catedral. Tal vez este personaje les contaría a los de su planeta que observa seres extraños, cuya actividad principal por fuera de sus moradas consiste en correr para hacer filas, con sus caras forradas en tapabocas.

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